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ERNESTO ESCAPA
León

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A quienes no son de aquí, e incluso a los urbanitas del Bernesga, les cuesta entender que a un leonés de pueblo haya que preguntarle hasta tres veces de dónde es para llegar a su puerta. Primero te dan razón comarcal, luego de su cabecera y sólo si hay insistencia se alcanza el lugar. Es una de esas complejidades de nuestro universo rural que tanto irrita a los arbitristas de oficina. Porque toman como burla lo que no entienden. Que unos palurdos rijan el gobierno de sus asuntos en concejo, donde nadie es más que nadie. Esta semana me he acordado varias veces de Cuevas de Viñayo, el más pequeño de los pueblos de mi contorno, por el revuelo de la entrega al Prado del artesonado de la iglesia de Santa Marina de Valencia de don Juan.

Aquel botín coyantino fue vendido de forma ilegal, por el equivalente a 2.735 euros, a unos chamarileros con el consentimiento del presidente de la Comisión de Monumentos, que cogió el sobre y miró para otro lado. Enseguida se colocó la mercancía y Gudiol y Cook le dieron lustre por la frescura de sus motivos iconográficos. Elías Tormo, que viajó a Coyanza enviado por la Academia de la Historia en el verano del año 1927 para descifrar el embrollo, sólo pudo ya anotar el despojo y poner freno a otros negocios, como la venta del retablo gótico del templo de San Juan. Estas cosas pasaban en Valencia de don Juan cuando todavía no era ciudad.

Cuevas de Viñayo ocupa uno de los rincones más hermosos de mi comarca, un fondo de valle clausurado por el precinto de las montañas. Las ruinas solitarias que se atisban en la vaguada de Tusinos corresponden a la legendaria Casa Blanca, aunque el desplome de los muros no permite calibrar ya ninguna prestancia. La rapiña de sus piedras nobles abrió los primeros portillos a una ruina que hizo su trabajo. Cuevas vivió sus peores momentos hace algo más de tres décadas, cuando a punto estuvo de expirar. En los últimos años, el empuje del turismo rural ha servido de estímulo para la recuperación de casas vencidas por los años, devolviendo vida a sus calles.

El caserío de Cuevas se ordena en dos hileras y entre ellas discurre el río con su acompañamiento de huertos y prados. Las calles se abren en el inicio de la pendiente de las laderas, para no desaprovechar los riegos del fondo del valle. La iglesia tiene adosado el cementerio, que separa la espadaña de la nave del templo. No destaca por ningún mérito artístico, pero ofrece un mirador singular. Su retablo gótico, vendido con engaño eclesiástico en el verano de 1929 al dueño de los autobuses de línea Beltrán, se encuentra depositado en el Museo del Prado desde 1931. Lo intervino la policía en Madrid, donde el abogado Ramiro Gavilanes ya lo tenía embalado para un anticuario de París.

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