Diario de León
Publicado por
PEDRO TRAPIELLO
León

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Toda esa costa está escrita con granito de lápida, acantilado matón y todos los modos de morir que caben cuando el mar oficia de matarife... y no la bautizaron por eso Costa de la Muerte , ¡ca!, se bautizó ella sola.

Es de muerte esa costa porque Galicia -casa donde nunca hubo pan para todos- no tuvo más remedio que mandar a la mitad de sus hijos a la mar océana con redes y navíos entre galernas... o a la inmensa mar de mieses de la meseta manchega y castellana a la que llegaban por un jornal con hoz al cinto y en alpargatas o descalzos... son dos mares que siegan también lo suyo.

Esa mar gallega vino estos días empujando en las noticias o matando en primera página. Lo resumen dos sucesos ocurridos el mismo día, Reyes, uno en Muxía, otro en Meirás... en uno, olas como turba de mozos desatados entraron en el santuario a rezar su mala hostia acabando así de asolar un templo que doce días antes calcinó el rayo... y en el otro, cuatro familiares estaban sobre el roquedo de la orilla cuando, de repente, surgió una ola bestial y desquiciada que les engulló; sólo se salvó una joven, el mar devoró a tres y únicamente devolvió uno.

Lo irónico del primer caso es que fue la Providencia quien furiosamente azotó a una de sus iglesias con los elementos que decoran toda apocalipsis, fuego y agua, ¿por?... y lo trágico del segundo caso es que esa pobre gente estaba allí mentando y rezándole al abuelo, cuyas cenizas habían arrojado al mar el día antes en ese mismo lugar... rezaban... hasta que una ola con guadaña se sumó a la oración y dijo amén .

El ateo de cupo de la tertulia, claro, metió su malicia diciendo que la ola que se llevó a esos parientes al océano fue, sin ninguna duda, cosa del abuelo, pura venganza por haberle negado la paz de los muertos y arrojar sus cenizas a un mar encabronado, batiente y gélido... ha de ser insoportable el frío y el mareo en ese embravecido litoral de olas estrelladas contra rocas rotas donde plantan su era percebes, punzantes oricios y lapas, que tampoco son la mejor compañía para cruzar la eternidad, pensaría mosqueado el difunto... así que está claro, concluyó: fíate del mar y de los abuelos y no corras.

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