LA GAVETA
Locomotoras
La estación del Norte de Ponferrada era un puerto en cuyos andenes atracaban los grandes expresos que iban desde Coruña y Vigo hasta Madrid, Irún o Barcelona. Aquellos trenes tan largos y ruidosos envueltos en vapor se convertían en pequeños trasatlánticos cuando fondeaban en las vías de la estación.
Eran barcos por la emoción que surgía entre los viajeros que iban a subirse a los vagones, también entre quienes los despedían. Entonces la distancia era algo muy serio, y muy cierta la sensación de estar en el fin del mundo o en sus inmediaciones. Ponferrada era un gran pueblo del oeste americano poblado por mineros y emigrantes andaluces, por mujeres fuertes de la Biblia y el Bierzo y por profesionales entusiastas que iniciaban en la comarca sus carreras como médicos, abogados, arquitectos o profesores de secundaria.
La urbe vivía la épica de los trenes, como tantas otras, pero la redoblaba con la estación de la MSP. Su viejo edificio se salvó y hoy es el Museo del Ferrocarril, pero lo que no pudo salvarse, claro, fue el ambiente mucho más doméstico de sus andenes, con su empalizada y el kiosco de periódicos y con un hombre que vendía bollos suizos que llevaba en una gran bandeja de hojalata. Un hombre al que un día otro hombre más alto y viejo le robó limpiamente un bollo, cómo me indigné entonces, a mis siete u ocho años.
Ponferrada tiene nombre de hierro y se hizo más ferruginosa con los trenes. Mundo de metal y carbón, de esfuerzo y dolor de tantos trabajadores que lidiaban con el frío y la lluvia. Muchos de aquellos empleados ferroviarios fueron héroes de los niños. Lo eran porque sabían gobernar las locomotoras y porque lo hacían al aire libre, entre la nieve o el calor.
Las locomotoras de vapor de la Renfe eran enormes, pero las más queridas para nosotros siempre fueron las de la MSP porque eran nuestras vecinas, nuestras amigas de los campos de niebla y hulla. Conocíamos las mataduras de cada una de ellas, no solo el nombre y sus líneas. Conocíamos los rostros de todos los maquinistas.
Ahora muchos de esos armatostes yacen en la corrosión y el olvido. Se están deshaciendo en una vía muerta de Ponferrada y el ayuntamiento, con buen criterio, no puede dedicar un dinero que no hay para rehabilitarlas. No tendría sentido resucitar con cargo al presupuesto a tanto hierro venerable y minero. Por ello, las ofrece a instituciones: para que las recuperen y disfruten.
Ojalá se salven. Ojalá algún día, casualmente, las volvamos a ver, en otros escenarios, en otras ciudades. Volveremos a leer su nombre, que será el mismo de la placa de hace tanto. Y pensaremos en aquellos niños que las contemplaban cuando estrenábamos el mundo y los trenes eran el mayor portento. En aquella ciudad pequeña y remota, pero sólida en lo principal, en lo que cuenta. En la memoria, el entendimiento y la voluntad.