PANORAMA
Con permiso
Abrir la boca, aunque sea para cantar las glorias locales o para quejarse de las nacionales, nos va a exigir ser políglotas. El parcial caudillito señor Mas ha condescendido a autorizar que se pueda rotular en español. La lengua nacional ha sido momentáneamente amnistiada, pero los súbditos del reino de Cervantes vamos a estar en entredicho, aunque todos digamos las mismas cosas. Si alguien sólo puede leer un letrero donde diga en español el precio de los robellones no podrán comérselos a dos carrillos. Al parecer, se trata de diferenciar, aunque en la pobre mesa nacional haya sitio para todos. ¿Cómo hemos inventado eso de las «multas lingüísticas» en un país donde hablamos todos, con variantes, «un latí»n estropeado»? Hace falta ser muy brutos para llegar al acuerdo de no entenderse.
La política de mala vecindad prospera cuando consideramos culpable al contiguo, pero es muy desagradable que los que hemos ido, año tras año, a Barcelona, a la que Cervantes llamó «archivo de cortesía», necesitemos traductores para entendernos. ¿Por qué abdican de su privilegio quienes dominan ambos idiomas hereditarios? Quienes los tienen de nacimiento y son suyos no debieran derrocharlos. Lo que ocurre es que a ellos les ha sido dado por herencia y ahora quieren abandonarlo por conveniencia. Nadie ha calumniado a los catalanes hasta el punto de llamarles derrochadores. La pela es la pela. En sus innumerables virtudes no figura la prodigalidad. ¿Qué pasa ahora? ¿Me dejarán mear en un retrete catalán si no solicito permiso en su hermoso idioma, aunque tenga muchas urgentes ganas? Estamos destrozando la heredad común, porque no era ninguna de las dos cosas: ni comunitaria, ni hereditaria.
No tenemos talento político desde el rey Fernando, que dicen que sirvió de ejemplo a Maquiavelo, que no era maquiavélico. Si lo hubiera sido no habría divulgado su recetario de engaños, que no tienen caducidad.