León

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Desde hace ya unos cuantos días se está haciendo especialmente complicado distinguir el grano de la paja (mental). Resulta cada vez más difícil intentar ser riguroso a la hora de posicionarse sobre el asunto de la polémica plaza cuando café en mano se plantea tan vital cuestión.

La plaza que permanecía inamovible desde el medievo, según el decir de algunos, hace 25 años que fue levantada íntegramente de lado a lado, paño por paño, para reajustar sus piedras tan seriamente dañadas por años y años de tráfico sin control sobre ellas. Aquello de que el paso de carros durante décadas e incluso siglos no las había alterado se nos ha ido resquebrajando como algunas de esas piedras centenarias que se van desprendiendo por el lógico paso del tiempo.

Y en toda esta ceremonia de la confusión en la que nos hemos visto inmersos resulta que el Ayuntamiento encargó un proyecto de reforma, lo analizó durante dos años, incluso lo descartó en su práctica totalidad pero sin llegar a pedir en ningún momento el permiso a Patrimonio.

Al final lo único que se ha conseguido con todo esto es generar una tensión ciudadana estéril, inútil, porque la plaza parece que acabará sin recibir el merecido lavado de cara que la ponga al día. Y todo esto tras tantos dimes y diretes que, como mínimo, tienen serios problemas de credibilidad y rigor.

La plaza del Grano ha cumplido con su secular misión de mentidero y ha puesto a cada uno en su sitio al exhibir las vergüenzas de quienes cogen las banderas sin mirar más allá del palo, porque lo importante siempre es hacer ruido aunque sean poco más de cuarto y mitad. Cualquier excusa es buena y más cuando soplan vientos tan favorables desde Burgos para soñar con que las decisiones de la ciudadanía se pueden tomar a golpe de grito en la calle. Intereses creíbles y justos que se entrecruzan con afanes más o menos velados o desvelados y que nos dejan ante la posibilidad desoladora de que de nuevo se imponga la ley del más fuerte o al menos del que más grita porque eso le da la razón o le permite soñar con ella por aquello de que grano casi hace granero.

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Al final los que no han hablado quizá son los que más deberían haberlo hecho. Quedan los silencios de los que saben de estas cosas y de los que han optado por ser prudentes porque salir a intentar pescar en este río revuelto no tenía mucho sentido.