TRIBUNA
Testigos de lo visible y lo invisible
El pasado día 15 de enero la comunidad de once monjas benedictinas del Monasterio de la Santa Cruz de Sahagún recogió, en la persona de su abadesa, madre Anuncia Ríos, el Premio de este Diario «Al Desarrollo Social y los Valores Humanos». Había sido concedido en octubre y estuvo prevista su entrega para el día 30 de aquel mes, pero la tragedia minera que segó seis vidas retrasó la ceremonia oficial hasta ahora. La madre abadesa, seguramente consciente de que no era momento para grandes reflexiones, fue parca en una hermosísima disertación en la que unió sentimientos, humildades, justificaciones y ofrecimientos. A uno le parece que es de tal envergadura humana, social, cultural y religiosa el hecho del enterramiento de estas mujeres en las llanuras de los Campos Góticos desde mediados del siglo XVI que bien merece volver sobre esta concesión y ampliar en gran angular su radio de acción.
Sorpresa fue para ellas el otorgamiento y servidor añade que también para otros muchos. Para ellas, dijo la abadesa, por haber sido promovido desde fuera y por ser inmerecido; para otros, además, porque resulta ser un regalo que podríamos calificar como «políticamente incorrecto», dados los tiempos que corren de secularización galopante y de apostasía silenciosa de aquellos valores que ellas encarnan siguiendo la fe cristiana de aquel gigante de la Alta Edad Media que fue Benito de Nursia.
Efectivamente, ellas son en la comarca facundina una actualización del espíritu benedictino, que se adueñó de la vieja Europa, «sirviéndose, como alguien ha escrito, de la cruz, de las letras y del arado», como una brisa de aire fresco que se fue extendiendo por mil rincones aportando realidades de civilización y de cultura, signos de unidad y fraternidad, estímulos para fundamentar la vida en el trabajo y en la oración, y perspectivas que apuntaban hacia un horizonte en el que amanecía el Paraíso perdido de la raza humana y del mismo cosmos. Se puede afirmar que en aquel cenobio no hay ni más ni menos que once mujeres consagradas, de muy diferentes edades, procedencias y formación, que pretenden ser, desde la irrelevancia social, ciudadanas de esta tierra, y por tanto solidarias con las alegrías y esperanzas, angustias y tristezas de sus moradores, y ciudadanas de otro mundo que es el sueño de todas las utopías de quienes, por siglos y siglos, han venido barruntando tiempos mejores y que, para los cristianos, tienen lisamente el nombre de cielo.
Su presencia, que es consagración, tiene detrás el oxígeno de una fe cristiana alimentada por muchas horas de contemplación de las maravillas que realiza el Creador dentro y fuera de cada una de sí mismas y dentro y fuera de la comunidad. En esa atmósfera acogen y comparten la oportunidad de robustecer su calidad de personas que han elegido darse plenamente a los demás, es decir, que han abrazado la vocación de existir para desvivirse a ojos vistas (porque bien evidente es la exactitud de este verbo conjugado ante el inexorable envejecimiento físico de ellas). Será la paradoja que emplea repetidamente San Pablo en sus cartas cuando habla de que la fuerza se realiza en la debilidad. Con ese bagaje, estoy seguro de que son conscientes de que lo suyo es ir contra corriente de la cultura dominante y de que les toca hacer el itinerario terreno al menos entre incomprensiones, centradas especialmente en el presunto anacronismo de su forma de vivir en clausura y en la aparente huida de un mundo que parece exigir, cada vez con más fuerza, manos eficaces y rentables.
Sor Anuncia dijo que ellas pretendían hacer del Monasterio una casa de puertas abiertas, donde todo el que lo necesitara tuviera cobijo y mesa puesta. Esa generosidad en la acogida, adobada con la oración de alabanza e intercesión, serán el mejor bálsamo para curar y sanar a los que la vida hiere y está dejando al borde del camino. A aquel espacio de acogida y paz se acercan peregrinos y viajeros, solitarios y apesadumbrados, buscadores y aventureros, inseguros y deprimidos, fracturados y fracasados, desnortados y hasta desesperados de la vida. Allí no se les escatima la gratuidad y el calor humano de la hospitalidad, que es uno de los tesoros más preciados de la Orden benedictina. Tras el Albergue y la Hospedería, el Museo y la Capilla, el Obrador y la Casa de Espiritualidad, está el aliento de San Benito que, en su Regla, pide que todo monasterio tenga un lugar para acoger a los huéspedes, que deben ser mimados como si fueran el mismo Cristo, y que a todos se les ofrezca un trato exquisito, particularmente a los pobres y a los caminantes.
Pero será empobrecer el sentido de la vida de estas mujeres si nos limitamos sólo a valorar lo que hacen, ya que podría ser, sin más, algo propio de alguna ONG, de las que abundan en este momento histórico y con las que el Papa Francisco no quiere en modo alguno que se confunda a la Iglesia. Conviene adentrarse en las razones últimas que justifican y sostienen sus trabajos y sus días y alimentan sus oraciones. Nada encontraría explicación suficiente si no estuviera en el subsuelo de sus obras la seducción que un buen día arrebató sus corazones y las llevó a entregarse no a una causa humanitaria sino a una persona, al Esposo Cristo, que les salió a su encuentro. En más de una ocasión he podido constatar que a algunas gentes, especialmente jóvenes, lo que más les llama la atención en las monjas de clausura es su alegría, que descubren en una sonrisa permanente de felicidad; debe ser la sonrisa propia de quien vive enamorada y que disfruta de un desposorio dichoso. Diríamos que la vida contemplativa es una especie de carta que Dios escribe a la humanidad y en la que le comunica los secretos últimos del sentido de la existencia, siempre convocada a una felicidad perfecta. Tal vez por eso dijo la abadesa que ellas eran «testigos de lo invisible». Pero, como ya aquí disfrutamos a ratos de espacios de cielo, a uno se le ocurre que debería haber añadido que también lo son de lo visible. Y así se entenderá por qué madre Anuncia añadió que querían ser también «causa de esperanza para todos».