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manuel alcántara
León

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Por fin hemos entendido a Immanuel Kant, aquel T artarín en Königsberg que, con un puño en la mejilla, logró entenderlo todo. Ahora que a la mayoría de los que opinamos sobre la vida en los periódicos les retratan también con una mano en el pópulo, como sumidos en altísimas trifulcas intelectuales, quizá no fuera inoportuno recordar que todas, aunque su escala sea diversa, son idénticas en esencia: el único problema, que alivia a todos los demás, cuando no los resuelve, es el del dinero. El maldito parné, que dicen las coplas y repiten las chuletas. España no tiene un duro y tiene muchos problemas que se arreglarían teniendo algunos euros sueltos. Si todo va muy mal es porque el poco que queda se lo llevan siempre los mismos, aunque tengan distintos collares sus ávidas jaurías.

No es que la acumulación del capital lo resuelva todo, pero tiene la capacidad de aplazar lo más urgente.

Incluso la crisis ucraniana, que amenaza con aumentar el número de patriotas fallecidos, puede resolverse de momento por la vía diplomática. La Unión Europea, previo cálculo de costes, ha anunciado que ayudará con 11.000 millones al Gobierno de Kiev.

Los estadistas han sido reemplazados por concienzudos contables que deben calcular con gran precisión los gastos, incluidas las medallas de los caídos por Dios y por la patria respectiva.

Salen carísimos, aunque ellos lo hayan dado todo y no sepan los precios.

China ha aumentado su gasto militar un 12% en plena tensión con Japón, mientras que en España están a punto de reventar las autonomías y estamos cerca de darnos cuenta de que en este pequeño territorio no caben diecisiete si no se empujan unas a otras.

A la razón práctica la suceden otras distraídas razones, poco razonables, pero siempre amenas, de nuestros curiosos acontecimientos nacionales.

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El señor don José María del Nido se ha caído por fin en prisión. No hay que alegrarse, pero tampoco deplorarlo. Nuestro cupo de golfos, el de todo el país, ha sido ampliamente rebasado.