NUBES Y CLAROS
La sartén por el mango
La apabullante proliferación de fotorrojos y radares, controles y cambios (a menudo irracionales) en los límites de velocidad, tiene muy poco que ver con la seguridad vial, pero mucho de atropello, uno más, al presuntamente pacífico día a día de los ciudadanos. Las crecientes acciones sancionadoras en relación al tráfico no responden más que a intereses recaudatorios, como otras tantas medidas articuladas en los últimos años con el único objetivo de reponer en lo posible las depauperadas arcas públicas. De no ser así no tendría sentido que se apliquen al conductor sanciones propias de delincuentes y presuntos asesinos al volante por irregularidades que tienen muy poco de irresponsabilidad y salvajismo automovilístico.
Cómo si no se explica que se pille a un pagano (usted o yo, a estas alturas probablemente ya los dos) circulando a algo más de 30 kilómetros por hora en las muchas zonas limitadas a esta velocidad de paseo, o a algo más de 50 en una autovía de acceso a la capital, y se le emplume una multa de varios cientos de euros ¡y la retirada de unos cuantos puntos del carné! El despiste últimamente se paga con la retirada a nada que se descuide del permiso de conducir. Que también recuperará pagando. Seguramente no es usted ningún peligro para los viandantes ni para otros conductores, apuesto a que incluso para en todos los pasos de cebra.
No digo que los límites de tráfico se relajen ni que no se penalice a quien los infrinja. Todo lo contrario. Pero entre la medida disuasoria y el escarnio económico por cuestiones que tienen muy poco de peligrosas o delictivas hay un trecho enorme. El que separa la razón de los intereses meramente recaudatorios de quienes imponen las normas, que para eso tienen la sartén por el mango.
Contra los atropellos, mucho más graves que estos, pasaron esta semana por León las Marchas de la Dignidad. Ciudadanos dispuestos a hacer que se oiga su voz y a convencer a otros de que muchas voces juntas no pueden ser ignoradas. Algunos de sus argumentos tienen difícil encaje en el engranaje del Estado y la convivencia administrativa y política, pero el fondo de la cuestión tiene mucho de conciencia y de desperezar una resignación que no puede ser por más tiempo el principal mal de nuestra sociedad. Por estos o por otros cauces, ya está bien de atropellos.