Diario de León
Publicado por
césar gavela
León

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Era una noche de 1969, caminaba por las calles de Astorga. Pasé por delante de la fachada de la catedral y me adentré en la calle Leopoldo Panero. Cerca del final, a la derecha, está la casa del poeta. Yo pasaba por allí con frecuencia, en mis días adolescentes, camino del internado, pero nunca había visto a nadie en el jardín, tampoco luces encendidas. Pero aquella noche había una fiesta. Palabras dulces, una alegría sosegada.

Me detuve brevemente porque no quería que me sorprendieran allí, en la extraña vigilancia. Vi algunas personas de mediana edad, distinguidas, que hablaban junto a la casa. También vi a un muchacho elegantemente vestido que, pienso ahora, tal vez era Michi Panero, quien entonces tendría unos 17 años.

Probablemente no era un tiempo feliz, si tenemos en cuenta lo que luego supimos en las duras imágenes y palabras de la película El Desencanto . Pero lo parecía. En todo caso era un leve destello de un mundo final. Todavía en la estela de la muerte de Leopoldo Panero, fallecido apenas siete años antes. Muerte que fue el gran acontecimiento de la vida cívica de Astorga durante largo tiempo. El último gran mito de la ciudad romana y cristiana que siempre amó la literatura. Y que acaso es la más impenetrable de las ciudades leonesas. La bella urbe capital de una diócesis que tiene más de mil quinientos años. Astorga sigue sabiendo a legisladores del imperio, a palabras esculpidas en el mármol.

Esculpidas palabras de Leopoldo Panero en la memoria de los astorganos. Muchos no lo han leído pero eso no es obstáculo para sentirlo suyo, para saber que Astorga es lugar de nacimiento de personas formidables y extrañas. De poetas, artistas y jurisconsultos. De ejemplares investigadores del mundo propio, maragato y no menos misterioso.

Los Panero son Astorga, incluso los hijos de Leopoldo: los también poetas Juan Luis, Leopoldo María y Michi, que no nacieron allí. Pero ellos son Astorga al margen de la ciudad y aun contra ella. Son esa impostura culta y melancólica, autodestructiva y radical. Un fascinante desguace trabajado con sus versos. Una gracia siniestra que la película El desencanto reveló.

La fiesta de aquella noche fue un astro perdido en el tiempo de esa familia. Entonces aún tenían cierto dinero, buenas relaciones, la amistad del gran poeta Luis Rosales y casa grande junto al parque del Retiro de Madrid. Y generoso alcohol en las venas de sus poetas. Y mucha transgresión y arrebato. Tanta como libertad y talento.

Ese talento que destila la poesía de Juan Luis, contenida y honda, tan cercana. Y la lírica atroz y surrealista de Leopoldo María. Sin olvidar al padre, sin olvidar al tío Juan, tan pronto fallecido. También Michi escribió páginas meritorias. Los Panero, pese a tanto dolor, desbarajuste y brutal declive, son un gran regalo de vida y muerte. Un oscuro prodigio que Astorga ha dado al mundo.

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