Publicado por
Antonio Papell
León

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Una vez consumado el gran homenaje popular a Adolfo Suárez, es inevitable proceder a realizar algún balance sobre la significación política de lo que acabamos de vivir. De hecho, desde un sector de la prensa catalana, se ha sugerido que toda la ceremonia funeraria en torno a la muerte de Adolfo Suárez, anunciada el viernes pasado con un preaviso de 48 horas y acaecida efectivamente a primera hora de la tarde del domingo, ha sido una gran operación de Estado, premeditada y desarrollada conforme a un guión. Es decir, una especie de montaje

Fue realmente sorprendente que Adolfo Suárez Illana, hijo del expresidente y abnegado albacea de su legado, anunciara el viernes al mediodía que a su padre le quedaban como mucho 48 horas de vida. Aquel aviso, que resultó certero puso en marcha un explosivo proceso mediático que duraría todo el fin de semana. Aunque la larga enfermedad del expresidente dio tiempo a los medios a tener preparadísimos dosieres que se publicarían en el momento del óbito, el dilatado plazo que se abría permitió ahondar en el asunto y enriquecer los flujos informativos y opinativos que encontraron fértil caldo de cultivo en la ciudadanía, que se conmovió.

Pretender que aquel anuncio de la familia Suárez tenía recámara y perseguía auspiciar un aldabonazo tendente a la unidad y a la reconcentración patriótica es, como mínimo, muy aventurado. Y sugerir que el Gobierno podría estar detrás de este catalizador de la conciencia colectiva para provocar un rearme patriótico más o menos nacionalista, parece a simple vista pura ciencia ficción.

Ha habido nostalgia colectiva por aquellos comienzos pletóricos de ilusión en que todavía creíamos en los valores incontaminados del pluralismo y en el carácter filantrópico de la propia política, encaminada siempre hacia la búsqueda del bien común.

En realidad, sería un contrasentido que las instituciones actuales incitaran a los ciudadanos a contagiarse de esta exaltación porque la adhesión a Suárez y a lo que éste ha representado significa desafección hacia lo actual, hacia la fragrante impotencia de la clase política para resolver los graves problemas, su renuncia a perseguir el interés común que se desprende de la contaminante corrupción que padecemos, su indisimulable mediocridad en general, con excepciones honrosas pero cada vez más escasas.

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Ante las insinuaciones catalanas, el ministro de Exteriores se ha atrevido a suponer que, puesto en la tesitura, Suárez afrontaría el conflicto como lo está enfrentando Rajoy. Imposible saberlo, es obvio, aunque sí pueda asegurarse que la cuestión catalana no se hubiera planteado, al menos en los términos tan beligerantes de hoy día, sin una previa decadencia de la clase política que no ha sido capaz de detener la previa decepción de la ciudadanía. En Cataluña y en el resto del Estado.