Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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La voluptuosidad de mirar y hasta de especular sobre las vidas ajenas es uno de los grandes valores que tienen esas fotografías antiguas, enriquecidas por el color de la nostalgia, que avivan la memoria a propósito de unas personas que han sido vencidas y sepultadas bajo el peso inmisericorde del tiempo. Son una especie de cine en minúsculas, rodado en blanco y negro, que hace aflorar los fantasmas del pasado y una realidad estancada hace décadas y hasta generaciones. Los imponderables del azar me llevaron a rescatar de la acera pública, donde yacía inerme e indefensa, una fotografía perdida o simplemente abandonada a su suerte, en la que figura una mujer peinada a la rancia moda de ¡Arriba España! que lleva de la mano a un niño, retratados frente a lo que parece el Teatro Principal de la plaza de San Marcelo.

La cultura del vestir de los protagonistas de semejante ventana a la memoria nos remite a la posguerra, al León de crucifijo y pandereta donde la frustración era el pan cotidiano para una generación vapuleada por la mecánica del destino. Atenazada bajo la bota del franquismo, la España mísera y analfabeta protagonizaba un desastre a cámara lenta que nos llevó al pozo negro de la historia. Procedente sin duda de algún humilde archivo familiar, los protagonistas de la fotografía aparecen sonrientes ante la mirada ajena, especialmente ese niño que imagino de infancia frágil, jalonada de rosarios y tosferina. Un retrato siempre roba algo y este nos remite a aquel tiempo vivido en una paz ficticia, decidida en instalaciones cuartelarias que crecieron desde la tamborrada bélica que puso el país patas arriba. Un costumbrismo de 3 B —boina, botijo y bocata de chorizo— era el santo y seña de unas gentes muy alejadas de los privilegios del primer mundo. En fin; la gente pasa, pasamos, pero el recuerdo fotográfico permanece.

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