LEÓN EN VERSO
Magnicidas
Disparan porque no pueden con la ley. La venganza es un móvil más viejo que el viento, principio sumarial sobre asesinos que resuelven a traición lo que no cabe en el raciocinio, lo que no les favorece en una cita con la inteligencia. Disparan porque no aguantan la altura de la mirada después de ser sorprendidos con las manos en la trampa, y deciden resolver con artimañas de mafiosos en una distancia corta todo lo que la decencia ruborizó a los cuatro vientos. El calibre 6,35 se inventó para restañar los resquicios que no caben en la dialéctica, en la civilización, en la humanidad. He ahí lo que confunde a los psiquiatras capaces de armar ensayos sobre la criminodinamia con apenas cuatro balas de rencor que dejan un rastro imborrable, que parecen una vía de escape y terminan por convertirse en un índice delator con acuse de recibo en el ánima de un revólver. Pistolas de sicario que son testigos de cargo para mentes distorsionadas por la interpretación del entorno; parecían normales; hacían cosas normales; gente que después del telediario se calza para un ajuste de cuentas. Sí, muy normal todo. Hasta que el plomo, el bario y antimonio se agarran para siempre a la manga derecha de la prenda de punto, e impregnan la mano que apretó el gatillo, y de ahí a la huida del escenario del crimen, tocata y fuga en paranoia mayor. Madre protectora contra la fuente del mal. Esto se arregla con tiros. Cuatro tiros que retumban como metáforas contra los muros que el asesino cree que lo protegen en el crimen. El aura de la locura estalla con el percutor, igual con el agente que entrenó Stalin para asesinar a Troski, que el victimario patriota serbio que encañonó a los archiduques de Austria en Sarajevo, que a los dementes que descerrajaron vesania sobre el mandato de los leoneses en una pasarela del Bernesga. León invoca el valor, helado ante el efecto de una muerte traumática, como Gandhi. Contra la violencia que puede exigir un cierto valor físico, pero no tiene valor moral; frente a la no violencia, que requiere más valor que el manejo de la espada. Es fácil disparar a alguien por la espalda, en la oscuridad, pero difícil ponerse frente a frente y desafiarlo. Ahí concluye la realidad. En la diferencia en la cúspide de la mirada, en los límites del intelecto. En una mujer valiente. En una hija que llora sin consuelo a la madre asesinada en un charco de odio. Silencio, León; silencio.