Diario de León
Publicado por
JUAN CARLOS FRANCO
León

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Cuando se produce un tsunami como el que este lunes sacudió la provincia resulta difícil, por no decir imposible, levantar la vista de lo sucedido y prestar atención a otra cosa. Parece casi ofensivo entrar en análisis y valoraciones sobre elecciones, truchas con ADN berciano, campañas de recogida de fruta o mineros, aunque éstos se jueguen su futuro, su misma vida y la de su familia o incluso el existir de una cuenca entera, a una sola carta, la de la liquidación.

Las tertulias de barra de bar no entran en otros aspectos que no sean los matices de la investigación, la personalidad de la asesinada o las motivaciones, no las oficiales, las otras, que pueden haber desencadenado estos acontecimientos. Sucesos como éste hacen que cada uno dé rienda suelta a su verdadera personalidad. Sus amigos de verdad lloran la pérdida. Los otros actúan como plañideras. Sus rivales o enemigos dejan patente su hipocresía. Todos quedan retratados como lo que son. Incluso aquellos que dicen representar nuevas formas para una decrépita clase política, y que a las primeras de cambio muestran su verdadero ADN, el de demagogos de tertulia televisiva. Y así no dudan en equiparar esta muerte a la de otras mujeres que han sufrido el acoso de entidades bancarias. Si es cierto que la muerte nos iguala a todos, no es menos cierto que alguien ha desaprovechado el momento para permanecer callado. A no ser que lo que se estuviese buscando fuera relanzar una carrera electoral que parece languidecer. Luego también están los sobreactuados. Los, por llamarlos de alguna manera folclóricos, que no dudan en aprovechar la coyuntura para montar su show particular. Que si «quítame este Twiter que no me gusta» por aquí, que si «la culpa es de la juez que considera que los escraches van dentro del sueldo de los políticos» por allá,...

Pero para folclórico—casi faraónico—, y permítanme finalizar con este caso aparte, el de Cacabelos. Porque no me digan a mí que lo sucedido con la dimisión interrumpus del regidor no es propio de la España cañí. Si hasta parece un revival de la boda de la hija de la folclórica por excelencia de este país. Treinta años más tarde, y con una pequeña variación en la letra, el mítico « Si me queréis, irse », de la Flores al público, se convirtió en una « Si queréis, me quedo ». Y pese a casar a su hija en la sacristía (me dicen), consiguió su objetivo.

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