Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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El resentimiento es ciénaga invisible que arrastra al que cae en ella. Gregorio Marañón no entendía por qué no figuraba entre los siete pecados capitales, «pues es el más grave de todos; más que la ira, más que la soberbia». El asesinato de Isabel Carrasco parece consecuencia de un rencor enfermizo lentamente macerado, independientemente de pueda haber más piezas en el puzzle, de ser así ya se sabrán. En naturalezas equilibradas este caso sólo puede inspirar repulsa. «Lo volvería a hacer» ha proclamado la presunta culpable. Hay quienes ya lo están haciendo por ella en la Red, convencidos de que se la puede seguir asesinando. No estoy contra el humor negro, sino contra el exhibicionismo de impiedad gratuita y perversa, más aún si se ampara en el anonimato. ¿A quién le pueden hacer gracia los chistes o los montajes fotográficos sobre una mujer asesinada a tiros? Como dijo alguien, «te puedes reír de todo pero no en todo momento». Mofarse de esta tragedia, no digamos ya justificar en nombre de no se qué extrañas leyes de causa y efecto un asesinato, denota decadencia moral, cuando no podredumbre. Por supuesto, las alabanzas han de quedar para quienes las sientan, así como la tristeza no puede ser impuesta. Pero todo tiene sus plazos, al menos según los valores que a muchos nos inculcaron nuestros padres.

Antonio Viñayo me dijo en cierta ocasión que cuando te provocan una herida interior tu principal preocupación ha de ser evitar que degenere en resentimiento, pues perdonar a quien te ha herido, en caso de que tal perdón llegase, conlleva la actuación de ayudas superiores. No hay resentidos felices. Felicidad y resentimiento son incompatibles.

Detrás de algunas opiniones en la Red sobre Carrasco hay sólo críticas inoportunas, insensibles hacia el dolor de los suyos, pero legítimas. Otras son resentimiento sin herida previa, triste sadismo agazapado. Pero la democracia no puede ser reducida al ejercido de la libertad de la expresión, aunque sea uno de sus pilares. Sin respeto y piedad se nos queda pobre. Lo que nunca podrá ser es una forma de crueldad, ni siquiera como broma. Eso ya no. Democracia y resentimiento también son incompatibles. No cuadran. Tampoco en la realidad virtual.

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