Diario de León
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ernesto escapa
León

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Hace algo más de medio año, una gárgola se apeó de la fachada de San Marcos, apenas diecinueve años después de su restauración integral por parte del ministerio, que además cada año venía destinando cuarenta millones de pesetas para el mantenimiento del edificio. Con estos datos, parece que ni el arreglo ni su conservación fueron ejemplares, aunque del dispendio ya no va a responder nadie. El suceso no es una anécdota aislada en León, muy sensibilizada por la reiteración que acumulan los desprendimientos monumentales. Nuestra memoria colecciona piedras caídas de la muralla, de San Isidoro, de la catedral y ahora también de San Marcos, que pone el broche al desarrollo histórico de la ciudad. San Marcos es la tarta plateresca de León y sobre su fachada deslumbrante ha escrito piropos gente de tanto fuste como Hemingway, Yourcenar, Unamuno o Graham Greene.

Y no es para menos, si tenemos en cuenta que se trata del segundo Monumento Nacional español, sólo precedido en su declaración por nuestra catedral. Semejante precocidad se debió al esfuerzo de Patricio de Azcárate y Fernando de Castro por evitar su derribo con la desamortización. Sin embargo, ni siquiera esa vitola lo ha privado de la amarga muesca de contar en su memoria con el baldón de un acuerdo municipal que otra vez decretó su derribo, después de sacar a pública subasta sus piedras en menos de mil reales. Sucedió en 1875, treinta años después de haber sido declarado monumento. Menos mal que a nuestros hacendosos munícipes en aquella ocasión les pararon la piqueta antes de empezar el destrozo. Cuatro años después, rematando el carrusel de ocupaciones docentes que siguió a su desamortización, dio albergue a los escolapios, que tuvieron como alumno a Leopoldo Alas Clarín durante el tiempo en que su padre fue gobernador de la provincia.

Antes de la crisis se había previsto instalar en las dependencias desalojadas por el museo, un centro de interpretación que recorriera los usos y edades del edificio. Uno de los espacios se iba a dedicar a su función de presidio, en 1639 y 1936. Primero estuvo recluido en una celda insalubre entumecida por el río Francisco de Quevedo, y al cabo de tres siglos, hacinaron a miles de republicanos, entre los hubo escritores de prestigio. También se anunció, hace ahora cuatro años, una inversión de cuarenta millones de euros para adecentar sus instalaciones hoteleras, fatigadas por el uso hasta la calamidad. Como tantas cosas de aquí, aquel anuncio quedó en el pregón, mientras se gastaba más de la mitad de su importe en el parador asturiano de Corias, con una rentabilidad decididamente insospechada. Ni Riaño, ni Laciana, ni San Marcos. Quizá porque quien llevaba la vara de paradores entonces era de aquí.

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