Diario de León

TRIBUNA

No todo es santo detrás de la muerte

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Sentenció Quilón de Esparta, uno de los siete sabios de Grecia (siglo VI a. de J. C.): «De los muertos no se hable sino bien». Es máxima grave y sucinta que desde entonces parece no haber perdido fuerza ni actualidad. Cierto es, todos los cadáveres siguen siendo ilustres. Pero, la verdad sea dicha, no todo es santificable detrás de la muerte, luzca, huela o hermosee en extremo el florilegio sobre el ataúd antes de ser inhumado o incinerado. Si queremos ser moralmente pulcros y auténticos, nuestro juicio sobre las personas no debería mudar por el hecho de estar vivas o muertas. Más que nada, porque si mudamos el juicio que nos merecen en función de su estado, cometemos la peor de las mentiras, la de ser mendaz con uno mismo. El cinismo, la hipocresía y las lágrimas de cocodrilo son bastante comunes detrás la muerte. Resulta más rentable quedar bien en público que consigo mismo. Y aquello que fue crítica se enmascara de elogio y alabanza. Pero también el insulto y la infamia suelen aparecer detrás del óbito vistiéndose de anonimato. Ambas actitudes, apología y vituperio, se invisten de cobardía y proliferan en las llamadas «redes sociales». Como decir que a Pilar Manjón le tocó la lotería con la muerte de su hijo en el holocausto del 11-M. Como lo hemos comprobado recientemente en dos defunciones próximas y destacadas por su relevancia: la de Isabel Carrasco Lorenzo y la de Alberto Pérez Ruiz. Ambas personalidades sólo tenían de común en vida haber ocupado la presidencia de la máxima institución provincial. El resto, respectivamente, diferente: hembra y varón, miembro del PP y del PSOE, muerte por asesinato y muerte natural.

En el caso del asesinato (que como tal es crimen siempre abominable, sea quien sea la víctima) todo parece indicar que se trata de un choque frontal y explosivo entre dos excesos con protagonismo exclusivamente femenino: un desaforado control dominador, enfrentado a otro a él subordinado con el apéndice de superprotección materno-filial. El rifirrafe entre ambas partes devino, por deterioro de relaciones de mutua simpatía a mutua repulsión, en despido político y laboral. Cumplidos los deberes, madre e hija perdieron la cordura porque no les cabía en la cabeza otra razón que la de matar al verse expulsadas del paraíso.

No conocí personalmente a la señora Carrasco. No dudo, sin embargo, de lo que afirman sus más allegados respecto a un perfil de consustanciales virtudes, como mujer trabajadora, buena gestora, agradable y simpatía en el trato, etc. Del mismo modo que era imposible no oír ni leer sobre sus ganas de poder y de tener; y que, últimamente, el carácter dominante se había vuelto más suave y receptivo a opiniones contrarias a la suya. Si bien, se dice también que el cambio o mudanza no estaba precisamente en ella, sino en quienes se le oponían. Tan sólo me dirigí a ella por escrito para recabar, simplemente, el apoyo de la Diputación a la solicitud, ha dos años, de dedicar una calle de la ciudad al célebre oftalmólogo y humanista leonés Enrique Salgado Gómez. No recibí respuesta. Como tampoco la he recibido del señor alcalde. Pregunté telefónicamente la causa del silencio. No había contestación porque este asunto no era competencia de la Diputación, sino del Ayuntamiento. No obstante, la señora Carrasco intervenía en aquello que a su juicio interesaba, aunque no fuera de incumbencia provincial. Del mismo modo que esa respuesta no resultaba convincente, tampoco lo era, a mi juicio, su opinión personal sobre la compatibilidad competencial de funciones entre el Gobierno central, la Junta, la Diputación y el Ayuntamiento. Pero menos explicable fue su mutismo respecto a la responsabilidad contraída como consejera de Caja España. No es de recibo que, a tiempo pasado y una vez desvelado el escándalo, dijese estar en contra de las sustanciosas prejubilaciones embolsadas vergonzantemente por empleados de la entidad. Pero aún menos, no mover un dedo, aunque fuera el meñique, hacia tantos estafados por las participaciones preferentes y obligaciones subordinadas emitidas por la citada Caja donde cobraba como consejera. El diccionario español es muy claro al respecto: consejero es persona que aconseja o tiene misión de aconsejar. ¿A quién aconsejaban los consejeros de Caja España?, ¿a los estafadores para que malgestionaran?, ¿a los estafados para que invirtieran? o ¿mirando a las musarañas para no decir ni tus ni mus?

Con el señor Pérez Ruiz sí he tenido una relación personal, producto de haber coincidido muchas veces con él en actos culturales. En sus responsabilidades como alto dirigente provincial y local no dudo que habrá podido estar más o menos acertado en sus decisiones, pero en absoluto he leído u oído comentarios a no ser para ensalzar sus virtudes como político y como persona. Como colofón y al respecto de lo expuesto, reproduzco los siguientes versos compuestos por mi amigo del alma Gavilaso de León.

«¿Para qué tanto poder de mandar y dominar, si por tanto celo en él se es un blanco para odiar, diana para temer u objeto para envidiar? ¿Para qué tanto poder de ordenar y gobernar, si por tanto someter es capaz de trastornar el juicio de un malquerer, que en venganza personal puede llegar a coger una pistola y matar? ¿Y de qué vale el poder sin vida que disfrutar, ni conquista que emprender, ni nada que gestionar, ni deleite, ni placer de conceder o privar, no quedando por saber dónde el alma fue a parar, si al antro de Lucifer o a la gloria celestial? Si bien, a decir verdad, todo aquel que ha expirado, sea cual fuere su edad, suele ser digno de encomio y al paraíso elevado, más que cuerpo condenado al fuego con el demonio. Un tipo de armas tomar puede verse receptivo, y en lugar de disparar es él quien recibe el tiro y, para nunca jamás, definitivamente extinguido todo bien que haya querido y la nada que envidiar».

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