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JUAN CARLOS FRANCO
León

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Lamentaba el gran Johan que el entorno del Barca lo contaminaba todo hasta el punto de pudrir todos sus esfuerzos por cambiar la mentalidad del club catalán. Tuvo que salir por la puerta de atrás con los deberes a medio hacer, pero, al menos, con el camino medio andado. Varias juntas directivas y presidentes después, el club parece haberse desprendido de todos sus complejos de antaño.

Y es que descontaminar una zona afectada por años, en muchos casos décadas, de uso y abuso, no es tarea a realizar de hoy para mañana. Desprenderse de ese lastre es un trabajo arduo que, en la mayoría de los casos, concluye con más de una dentellada en la entrepierna. Ni tan siquiera si te llamas Felipe y te apellidas Sexto tienes el camino expedito para hacer borrón y cuenta nueva, pues aunque durante los primeros días de vino y rosas desaparezcan de los primeros planos los cuñados indeseados, estos terminarán saliendo a la luz al primer contratiempo real.

Y si esto pasa entre los de sangre azul, qué se puede esperar de los de sangre roja, cuya línea sucesoria no está escrita, ni en las estrellas. En este caso, los cuñadísimos no se separan de los focos ni con agua caliente. No se dan por aludidos con el mensaje de hartazgo que les mandó no hace mucho tiempo la calle.

Por eso aguardan, poco, porque la impaciencia de continuar les consume —cómo era eso de los tetos de la vaca—, a que pase el primer caballo que creen ganador para subirse a su grupa. No se paran a pensar si su aparición en escena puede resultar contraproducente para el resultado final de la ecuación que se está intentado resolver. Tan rodeados como están por una guardia pretoriana que les desconecta de toda realidad, que no se han llegado, ni siquiera a plantear, que ellos puedan ser un activo tóxico dentro de la formación política en la que se encuentran.

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Están tan acostumbrados a que por ellos no pasen lo años, sino los secretarios generales, que ni se han planteado el hecho de que ya están de más. Así, volverán a reandar el camino que mil veces han recorrido. Volverán a hablar con los que siempre les han apoyado —cada vez menos por la ley propia de la vida—. Volverán a crearse los dueños del mundo porque les apoya el aparato. Están condenados a volver a romperse la crisma porque no han entendido nada de lo que les ha dicho la calle.