León

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Admitámoslo, aquí el único que hoy llenaría un aforo es Pablo Iglesias y su heavy proyecto. Y eso porque para escucharle no hay que pasar antes por taquilla. Acaba de caerse Rosendo del programa de fiestas, ante las pocas entradas vendidas. «Está la cosa muy chunga, colega» diría uno de esos viejos roqueros que nunca mueren. Ellos quizá no, pero sus carteras están en punto muerto. Y no es el suyo el único concierto cancelado. También fue días antes suspendido el I Festival Pop León Arena. En este caso, las razones esgrimidas por el empresario han sido explicadas en un comunicado: «Por falta de interés demostrado por el público leonés». Aquí es que somos más de dulzaina. La prosa empresarial a la hora de dar explicaciones es enigmática, de novela negra: «Puesto que el número de entradas vendido es irrisorio, nos vemos obligados, muy a nuestro pesar, a suspender el festival». Y aquí es donde me pierdo. En el colegio me hablaron de números primos pero no recuerdo nada acerca de los irrisorios. ¿Son aquellos que te hacen reír? Ah, los de letras...cuántos saberes nos hemos perdido por perseguir musas en vez de quebrados. Pensemos. Toda cantidad es relativa, hasta ahí llego aunque sea contando con los dedos. Pero ¿por qué irrisoria? Para iniciar el Apocalipsis cuatro jinetes son suficientes, en cambio, «para asaltar torreones/ cuatro Quiñones son pocos/ hacen falta más Quiñones». Ya, pero no le cojo la gracia.

Quien sí entiende de números es Sagrario González, presidenta del Astorga. Y porque entiende de ellos, no quiere un presupuesto irrisorio para su equipo, sino austero y realista. Y de no tenerlo, seguirá en Tercera División. Con las cuentas, bromas las justas.

Las cancelaciones no se deben a un error de cálculo de los empresarios. La culpa no es suya ni de los precios, es que las economías caseras están para muy poco brincos. «Papa, dame veinte euros que tocan Zombis Bastardos». Entonces, al padre, quien dos horas antes le había soltado otros veinte al mediano para el concierto de Gangosos del Mal, y a la niña otros doce para ya no recuerda qué, empieza a darle la risa floja. Y si no es por el abanico de la abuela se queda allí, víctima de un ataque de números irrisorios.

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