FUEGO AMIGO
El éxodo de los olegarios
E ste fin de semana, la fiesta de la Cepeda recuerda el éxodo de Oliegos, nuestro primer pueblo anegado por un embalse. La presa se empezó a construir en 1935, aunque sin mucha decisión. Luego, la guerra abrió un paréntesis de ocho años. Las obras se reanudaron con presos políticos en 1944 y el desalojo de los olegarios se llevó a cabo entre el 28 y el 30 de noviembre de 1945, hacinados en un convoy ferroviario de treinta vagones los vecinos con sus animales y enseres, incluidos los santos, las campanas y los carros. El viaje partió de la estación de Porqueros, adonde llegaron por sus medios, hizo alto y noche en Astorga, parada en León, donde los agasajaron con discursos y unos bocadillos, y en Valladolid, para pasar la segunda noche. Desde Valladolid, en la mañana del 30, los vecinos, a quienes acompañaban el cura y la maestra tocando la pandereta, fueron trasladados en autobús a Foncastín, mientras la impedimenta seguía por tren hasta Medina del Campo.
Al llegar a Foncastín, metidos casi en diciembre, comprobaron con decepción que del pueblo nuevo prometido no había ni rastro y tuvieron que refugiarse en las corralizas, dejando animales y enseres a la intemperie. Todavía tardarían seis años en levantarse las casas, diez la iglesia y aún más el cementerio. Aquella mudanza forzada les había soplado los cuatro millones y medio de la indemnización y los empeñó durante veinte años con el Instituto de Colonización. Incluso el viaje, jaleado de discursos patrióticos a su paso por las ciudades, les costó la fortuna de diecisiete mil pesetas de entonces. No obstante, las versiones oficiales siguen contando que Foncastín fue un regalo a los desterrados del marqués de las Contiendas, descendiente de Pizarro. Lo que hay que leer.
Un año después, Franco inauguró Villameca con todas las cautelas imaginables en una zona acechada por los guerrilleros. La memoria de la gente recuerda que un vehículo de la comitiva oficial atropelló a un vecino de Sueros con resultado de muerte. También el ingenio de una mujer de Donillas que acudió al recibimiento con una sartén pancarta: «Por no tener aceite ni grasa, mi amo me echó de casa». Ninguno de los plumillas dejó constancia del atropello de Sueros ni de la queja de Donillas. En cambio, gente de nombre, como Tomás Borrás o López Sancho, se emocionó con la caricia del agua embalsada. La cola más larga de Villameca se prolonga hasta el Escobio, que ahora recibe el trasvase subterráneo desde Ponjos y todavía conserva en la orilla las ruinas de Oliegos, la «aldea de cristal» que sacrificó el embalse. En Foncastín, un alcornocal milenario desnuda los árboles cada verano para mantener viva, con sus troncos de sangre, la memoria del éxodo a los transterrados.