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PEDRO TRAPIELLO
León

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Trasto del diablo, santísimo dios de los demonios, vómito de los infiernos humanos, gritaba Nicolás Granda fuera de sí mientras atizaba estacazos demoledores con su bastón al ordenador portátil que su yerno había dejado, como siempre, en la mesa del salón.

De esta, lo internan (sí, ya, lo intentaron hace cinco años y no les valió).

A sus 93 Granda aún saca bríos y tendones si algo le subleva y sus mandoblazos dejaron el ordenata hecho trizas, lo trilló. Después, ya tranquilo, se dispuso a afrontar la bronca de su hija, se arrellanó tan ancho en su butaca, tomó de nuevo el periódico, caló sus gafas y volvió a asomarse al mundo, o sea, a encararse a todo... tenía el día.

Don Nicolás emigró de crío con sus padres asturianos a Méjico y, al regresar tres años después, se le cruzó aquí la Guerra Vil, vino después una mili de tres años y al acabar se hizo maestro nacional, aunque «de la cáscara amarga», pues frecuentaba lecturas inconvenientes y tenía un pequeño busto de Voltaire medio oculto entre los libros de su estantería.

¿Y esas furias desatadas?...

Había leído en ese periódico que los amos de internet se niegan o resisten a aplicar el derecho al olvido, inviolable derecho de toda gente a la privacidad, a borrar de la diabólica pizarra digital sus rastros, notas, fotos o perfiles. Leyó también ahí el peligro que corre el usuario de instagram o whatsapp de ver robados sus secretos o costumbres, su libertad, sus debilidades... páginas después se decía que cualquier hacker mindundi puede entrar en los iphon o iphad adueñándose de toda información... o bloquearlos para exigir 100 $ de rescate (en Australia es epidemia)... resumido: pueden secuestrarte ese puto móvil que, además, delata dónde estás en cada momento, qué dices, qué buscas, cuánto ganas, qué meas...

Volvió a levantarse Granda, escudriñó el salón buscando el tiruliru de la nieta, pero recordó que lo lleva pegado con loctite a la palma de la mano, ¡es su tesoro!... así que cogió el suyo (un patato que le impusieron) y lo lanzó por la ventana con una sentencia inapelable... ¡¡olvídate de mí!!... ¡¡me cago en tu memoria!!... ¡¡viva el olvido!!...

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