Diario de León
Publicado por
MARÍA J. MUÑIZ
León

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Una cosa está clara: el hermano Miguel Pajares es muy buena gente. Lo cual enternece el corazón y ha agitado conciencias y redes sociales entre quienes le conocen hasta lograr una meteórica repatriación (de otra forma la operación tampoco hubiera tenido sentido). Si de algo sirve esta peripecia, a parte de salvar la vida de quienes optaron por entregarla a los demás, es para traer a nuestro territorio un problema al que se le ha dado la espalda durante años. Hasta que la amenaza del ébola de salpicarnos hemorrágicamente ha tomado cuerpo.

Estados Unidos y España han repatriado a generosos voluntarios que han trabajado en África Occidental y han resultado contagiados del virus sobre el que ya hace años Hollywood presagió épicas batallas. Sus brotes han ocupado periódicamente páginas en las despreocupadas secciones de «las cosas de allá» (internacional, llámanse) de los medios de comunicación. Mientras fueron de más allá no hubo más problema que un ‘mira tu, pobre gente’; pero ahora que la cosa es más acá, bucamos dónde echar mano del acopio de mascarillas.

La OMS certifica que es el brote más grave en las últimas cuatro décadas, un «extraordinario» ataque virulento cuya «seriedad» ha puesto las alertas a la altura de la nuez de sus dirigentes, hasta el punto de que han «llamado a la solidaridad internacional». Eso fue ayer, viernes, después de mil muertos allá y, sobre todo, muchos viajeros camino de acá.

Porque el peligro de contagio no está en el hermano Miguel, aunque siempre pudiera ser. Mientras la atención pública se centra en un contagiado confirmado que llega con todos los protocolos y sacramentos de alertas planetarias, muchos ciudadanos de toda condición aterrizan en los aeropuertos de todo el mundo procedentes de países que potencialmente han sido contagiados. Y lo hacen sin ningún control.

Esa es la cuestión de forma para evitar contagios masivos y propagaciones innecesarias. Pero el debate de fondo es otro, y es antiguo. Ayer la OMS dictaminó que «nuestra seguridad depende de la ayuda urgente que se pueda dar a los países afectados», por lo que llama a la «solidaridad internacional». Y la polémica salpica a los investigadores (con sus potentes máquinas farmacéuticas de recaudar dirigiendo el proceso) que es ahora, no antes, cuando comienzan a probar remedios contra una enfermedad que, circunscrita al subdesarrollo, sigue siendo incurable. Patético mecanismo el de esta nuestra solidaridad.

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