Diario de León

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León

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Mi profe me dijo: —¿Qué te pasa, Venancio, que estás siempre en las nubes?

O andaba enamorado o actuaba como el héroe de una novela de Salgari. No puedo recordarlo pero sí recuerdo el vozarrón del padre Cayo: …en las nubes. Era el colegio, pero era mi casa con todos los amigos queridos que me rodeaban… Y yo en las nubes pero en casa. La casa era el lugar del ensueño y de la construcción del futuro; de la esperanza. En el cielo, en las nubes estaban nuestros sueños.

Hoy, las nubes vuelven a ser metáfora del estar-fuera y perdido, del no enterarse o no querer enterarse, del no encontrar el hogar. Y así, la casa del mundo empieza a ser la famosa nube (cloud dice el señor google). La nube nos protege, porque en todo momento podemos saber todo lo que necesitamos para estar en cualquier sitio, pero fuera. La nube es el almacén donde todo lo encuentro, no necesito la memoria… la memoria ha dejado de residir en nuestro cuerpo, esta fuera. La nube lo recuerda todo y no hay olvido. ¡Con la de recuerdos que deberían desaparecer sin rastro! Esta es la fuente de la memoria (maldita sea) que los griegos llamaban mnemosine y está fuera de nuestra mente, como en el mito. Ah, más grave. ¿Castigo de descreídos? Antes había un libro donde todo se apuntaba pero hemos dejado de ser creyente y resulta que el libro se ha hecho nube. En la nube está la memoria colectiva que, junto a hechos vitales importantes de la sociedad, conserva todo lo que es trivial e irrelevante de forma indestructible. No necesito esforzar mi memoria personal. Tengo segura la de todos.

¿La casa, el hogar? ¿El trabajo? —«Este móvil, si usted es empresario, puede ser su oficina. Todo su negocio puede llevarlo con usted. Todo lo guardará en su memoria, porque la suya personal, como la mía, señor, ya sabe… falla».

Eso me dijo una vendedora de Movistar. Prevenido contra una repentina amnesia que destruya el negocio: —Señorita —dije— ¿Y si lo pierdo?

Un momento se quedó perpleja hasta que reaccionó: —Será conveniente que haga una copia?

—Señorita —insistí—, ¿y si me lo roban me lo roban todo?

El móvil es la nueva soledad, tanto más peligrosa cuanto que uno cree estar acompañado. Porque estar en la nube es estar definitivamente y para siempre ¡¡¡fuera!!!

Salí despavorido de la tienda pero comprendí que hace tiempo que nuestra casa no es hogar y se ha convertido en el lugar del tráfico de señales y no en el lugar de la esperanza y la espera. La nube es la casa, insisto. La vida es un loco tráfico de señales hasta un monstruoso centro neurálgico que las ordena y las distribuye a una mera llamada. Ahora sí que estoy en las nubes. La muerte (el tránsito) ha perdido su valor existencial y la grandeza del hombre no está en asumirla haciendo que ilumine y dé seriedad y peso a su vida.

A lo que voy. ¿Y la arquitectura? La arquitectura parece fiel a esa condición humana. Hemos salido corriendo hacia los cuatro puntos cardinales y cada vez más deprisa. Por ello, la arquitectura ha cambiado su función y la carrera y la detención requieren la provisionalidad de la sala de espera cómoda donde descansar para salir corriendo; y los medios de transporte se esfuerzan en proporcionar la comodidad, en ser casas que se mueven: coches, trenes, autocares, aviones, barcos cruceros, bajo el signo del confort, «para que usted se sienta como en su casa»… pero siempre conectado a la gran memoria. Estoy fuera, fuera. Ha desaparecido el hogar. Pronto habrá un nuevo tipo del Altzeimer, cuya curación, en la medida de lo posible, estará en manos de informáticos. Tengo un amigo que ya no puede conducir sin el GPS. Yo mismo no sé si sería capaz de pensar sin un teclado al alcance de los dedos… pienso con la punta de los dedos. No hay Dios, no hay sede de valores… Esperanza ¿de qué? ¿Y el «tránsito» definitivo? El antiguo lugar del duelo y el llanto íntimo, del hogar, en el día del tránsito, se ha convertido en la gran sala de espera del tanatorio, donde la muerte aparece dulcificada, ridículamente embellecida y aislada en un falso jardín de flores tras un cristal blindado. Allí todos los que esperan están conectados. Todos menos el muerto. Todos tienen el móvil a mano, por «si pasa algo». El muerto ha pasado está fuera, pero pronto estará en el horno y la urna.

El móvil que aparentemente era el medio de la compañía, ha terminado siendo el punto de la espera de un mensajito, de una comunicación: —Ppiiii. ¿Hay alguien ahí? —como tontamente preguntan en las películas americanas—… y todos echan mano al móvil. Así las cosas, un día habrá que arrancar el aparatito de las uñas del difunto que tenía nuestro nombre: —¡Suéltalo, amigo, y pasa de una vez! Eso nos dirá el maquillador. O tal vez, el informático, piadosamente, nos desconecte de la nube. (Ya hay algunos cabroclones que están buscando el secreto de la inmortalidad; ya nos la promete la cienciología). ¡Dios, mío, vivir siempre conectados! A mí que me desconecten.

He leído la columna de Pedro Trapiello (Diario 2.8.14) y he mirado con afecto una cachaba que heredé de mi abuelo. Cualquier día me lío a mamporros con el móvil y el ordenata.

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