León

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Leo con gran interés todas las informaciones sobre el asesinato de Isabel Carrasco. Pero, a la vez, trato de no hacer elucubraciones que no estén apoyadas en hechos comprobados. Lo hago por disciplina profesional, pero también como autoprotección íntima. Un asesinato puede ser una matrioska con implicaciones que ocultan otras o, por el contrario, no tener más culpables que los ya detenidos. Eso es lo que corresponde aclarar a quienes lo investigan. Y de la misma manera que reconozco mi interés, admito que no me gusta conversar sobre este caso; al menos no como si se tratase de un tema más de tertulia. Me repele la banalización morbosa de esta tragedia de poder y odio. Por supuesto, me hago preguntas. Como muchos, percibo el caso como un puzle con todas sus piezas dispersas sobre la mesa, tantas que puede que se haya caído alguna. Al parecer se está rodando para televisión, o está en proceso de pre producción, una película. Supongo que esperarán a que haya una sentencia, como Truman Capote hubo de esperar para publicar A sangre fría a que los dos asesinos fuesen ahorcados. Durante el tiempo en que estuvieron presos iba a visitarlos, para obtener información para su libro. Llegó a establecer amistad con uno de ellos: Perry Smith. El escritor contaría mucho después que nunca se recuperó del sentimiento de suciedad y traición que le produjo el estar deseando, con emociones tortuosamente contradictorias, que la historia real terminase para que él pudiese publicar la de ficción. He leído que además se están preparando dos libros. Una tragedia rentable.

Hace días, un científico leonés —ya jubilado— me informaba de que hasta el New York Times se había hecho eco del suceso. ¿Puede ser explicado el mismo por el odio de una madre y una hija hacia su víctima? Este sentimiento es, como el ébola, virus peligroso. Termina con vidas y con conciencias. Sí, sigo con interés toda información fidedigna sobre este caso, pero, a la vez, no me gusta convertirlo en tema de conversación, al menos, de cualquier conversación. No perdamos las referencias que nos humanizan. Y aunque parezca paradójico, tampoco me gusta escribir de ello. El mío es un interés con reservas... hacia mí mismo.

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