Diario de León
Publicado por
José Ángel Magadán.
León

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Aveces ingenuamente pienso en el progreso humano y en una clase de universo que camina indefectiblemente hacia la perfección. Pero enseguida me viene a la cabeza lo doméstico, los avatares a los que se expone regularmente la vida cotidiana, pienso en el mal uso que se hace por ejemplo de la política, y el ideal se desvanece como un castillo de arena. Es por ello que hoy decido no detenerme en la sañuda corrupción del hombre político y permitir que mis pensamientos se encaminen por otros derroteros. De pronto pienso que el álbum de fotos que reposa en estos momentos sobre mi mesa, es depositario de la memoria y los viejos recuerdos del ser vivo que soy, ¡y me niego a abrirlo! Pues huyo de la nostalgia como alma que lleva el Diablo. Droga recreacional te sumerge en la atmósfera insana de la nostalgia. Algunos buscan en el pasado las formas más elementales de vida, o un paraíso perdido, experiencia vacía de contenido como una charla de alcoba. Ejerzo un férreo control sobre mis sentimientos, y así y todo en ocasiones el instrumento tañé. Vuelvo la mirada, y se me ofrece a los ojos una visión más o menos extensa del pasado. Pues la vida, fiel a la fragilidad del instante, lo es también a los ecos de un tiempo que ya no existe. Nadie conoce el punto en que el alma —huérfana— se fractura y se retrotrae nostálgica al pasado.

Supongo que todo esto tiene que ver, de una u otra manera, con la duda metódica: de su mano se puede ir a cualquier sitio. Separa el polvo de la paja y aborda sin complejos la cuestión del momento. Salvo si cedes al peso de la fantasía y acabas siendo atrapado por el lado irracional. Asuma éste entonces un papel central y se escinda en dos nuestra naturaleza. Ser racional o irracional; cada uno por su lado. Juntos en cambio, ¡la existencia más lograda! Más, de un tiempo a esta parte se ha impuesto únicamente la dictadura de la razón. Fuerza por sí sola destructiva: abre en nosotros una brecha, y convertidos en herramientas de cálculo o accidentes de la codicia, perdemos contacto visual con la zona oscura del corazón y la profunda noche del alma. Causa de nuestra infelicidad.

El alma saca lo mejor de nosotros y hace también en ocasiones de este mundo un maloliente gallinero. Hubo un tiempo en que me obsesionaba el Cosmos; admiraba a las personas que rastrean concienzudamente el espacio en busca de vida inteligente. Mas ahora, prefiero adentrarme en el abismo sin fondo del alma humana. Penetrar en su complejidad se ha convertido en el centro de mis preocupaciones. A veces me sorprendo a mí mismo en la contemplación detenida de la cuestión y comprendo entonces, que, tan difícil como la conquista del profundo espacio exterior, es poder llegar a conocerla. Comienzo indagando en mi propia alma por su cercanía. Semeja a una alienígena de otros mundos; y me sobrecoge por desconocida. Tengo hecha la maleta para salir corriendo, en cuanto me roce el lado más oscuro del alma humana: siento, ¡que crea una tensión en el vacío! Atento siempre a lo que sucede a mi alrededor me interesa por igual lo más pequeño y lo más grande, lo subatómico y lo interestelar. Y si reparase en la figura de un Creador, diría que todo cuanto existe es obra suya: desde la los reflejos imponentes del Cosmos a la delicada flor del azafrán. Bien entendido, que no pertenezco al dócil séquito de los hombres piadosos temerosos de un Dios. Soy un espíritu libre con una fruta en la boca, que muerdo, mientras me dejo llevar por el refinado suplicio de mis pensamientos. Descorcho una botella de aguardiente y hago un brindis: larga vida, ¡a la razón desnuda y especulativa! Que no me salva ni siquiera alivia, pero da a la vida el regusto amargo que sí me gusta.

Pongo el aparato de radio y de nuevo, a mi pesar, irrumpe el aliento fétido de la política que se interpone soez y taimadamente en el curso de mis pensamientos. Nunca llegaré de entender del todo al mundo —me digo finalmente al tiempo que dirijo los ojos en medio de la noche hacia un punto indefinido del espacio más profundo—. Nunca seremos completamente felices, siendo como somos seres propensos a la melancolía. Ésta y la certeza de la muerte, nos obligan a contar, con un punto de aversión, el paso de las horas.

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