Diario de León

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León

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Etán muriendo a manos llenas antes de su otoño de caducidad. No importa si vino de América, Londres o es propiamente autóctono de la península ibérica. Lo cierto es que el plátano de sombra se implantó para ornamentar parques, paseos y jardines. Su perdurabilidad puede llegar a alcanzar los trescientos años y tolera muy bien la polución. Es ese árbol sin fruto, muy hermoso a la vista, cuya piel está recubierta de un ritidoma verdoso que se desprende periódicamente en placas; de copa irregular densamente hojosa de verde intenso y cuyas ramas se pueden entrelazar de un árbol a otro formando una bóveda vegetal. Así de lozanos los podíamos ver todavía hace muy poco tiempo por Papalaguinda, Inmaculada o República Argentina, antes de convertirse en sombra decadente y moribunda. Además de su rol ornamental, el plátano de sombra fue plantado profusamente por los peones camineros en las cunetas de las carreteras, con el fin de que dieran sombra a los carros de transporte de mercancías, carruajes y diligencias de tracción animal, para soportar mejor los calurosos veranos mediterráneos.

Nuestros plátanos de sombra están mustios. ¿Qué tendrán nuestros plátanos de sombra? Como todo ser vivo, esta especie arbórea se ve sometida a los peligros y amenazas de otros seres vivos en su lucha por subsistir. No me refiero a la acción depredadora del hombre, sino a la de otros seres minúsculos, verdaderos ángeles exterminadores, que, como plagas acaban eclipsando su lozanía. Está afectando al 80% de los plátanos leoneses capitalinos (un total de 9.000, según el cálculo municipal del PP gobernante, 13.000 según los socialistas, que entre ambas formaciones políticas no ha de existir el más mínimo acuerdo, ni siquiera en la contabilidad arbórea). Cualquiera puede comprobar con sus propios ojos, examinando un ejemplar de los millones de hojas afectadas, que el causante de la enfermedad es un insecto o ácido chupador, llamado «tigre» o corytucha ciliata, que pulula por ellas envuelto en una pelusilla blanquecina hasta pudrirlas. La picadura del insecto inyecta en las hojas un hongo (apiognonia veneta), que las debilita de tal manera como si estuvieran heladas, pasando de un verde intenso y brillante a cubrirse con una mortaja cenicienta.

Se dice que la plaga ha venido del sur y es debida a los cambios climáticos en años con temperaturas suaves, puesto que las heladas evitan su proliferación. Hay quienes afirman que esta dichosa plaga de nuestros plátanos nos vino a León directamente de Valladolid en el 2002. En esta ciudad, con una población de alrededor de 30.000 ejemplares, los plátanos de sombra están enfermos en su totalidad. Un problema más para su alcalde y ginecólogo, Sr. de la Riva, además del «peligro femenino». Pero no todo es malo lo que nos llega de Pucela. De allí nos ha llegado también la joven virtuosa chelista Georgina Sánchez Torres para potenciar y dirigir la Joven Orquesta Leonesa que acaba de estrenarse hace unos días con éxito rotundo.

Los responsables municipales dicen haber emprendido una campaña de tratamiento de los árboles enfermos. Las recomendaciones de expertos aconsejan desechar fórmulas agresivas a base de productos químicos, por ser poco efectivos y peligrosos para la población, recomendado, en su defecto, el tratamiento con insectos. Se ha optado, sin embargo, por la endoterapia a base de fungicidas, inyectando el producto en el propio tronco y evitar así las fumigaciones que podrían ocasionar molestias a los ciudadanos; descartando en cualquier caso la tala de los árboles afectados. Pero como no está demostrado un remedio enteramente eficaz contra esta plaga, en Barcelona no han tenido más remedio que arrancar 15.000 plátanos urbanos enfermos y sustituirlos por otras especies. Así ocurrió en su día con los centenarios olmos o negrillos y más atrás con los viñedos.

La decoración y la sombra son, fundamentalmente, el provecho que el hombre saca de esta especie arbórea, como ya advertía Cicerón (De oratoria, Lib. I). Y, según Plinio y Macrobio, el plátano de sombra crece, sana y se pone muy lozano regándole con vino. De la misma opinión era el aragonés de Bilbilis, Marcial, quien en el epígrafe 61 del Lib. 9 de sus Epigramas dice: «En medio de la mansión, abarcando el hogar completo, se levanta un plátano de César de denso follaje, que plantó la diestra feliz de su invicto huésped y por obra de aquella mano comenzó a crecer. Parece que conoce a su sembrador, de tal forma, que reverdece y llega con sus ramas hasta los elevados astros. Muchas veces bajo este árbol jugaron ebrios los faunos y una flauta tardía atemorizó a la casa silenciosa (…). El hogar se impregnó de olor a vino cuando Lieo se entregaba a la diversión y la sombra crece más fecunda con el vino derramado (…)».

Para la solución de asuntos graves, no hay nada como recurrir a los clásicos. Si el morapio se apunta como medicina, ¿hará con prieto picudo? Pues, venga, que por aquí lo hay en abundancia. Y si tal remedio no se aplica o no es efectivo, antes de que fallezca o sea borrado de la faz de la tierra, quisiera, como colofón, rendir homenaje, líricamente en forma de soneto, al árbol más voluminoso de la capital, el enorme plátano de sombra que desde la Plaza de San Marcos señorea grandioso, por ahora, el arranque del Paseo de la Condesa de Sagasta:

«Vestusto gigantón, casi divino, que asombras con trino que no cesa de emular a un dulce concertino con coro que te sube del Bernesga. Naciste a la vera de un camino, enfrente de un hostal, hoy de himeneos, que hartose de albergar al peregrino en busca de favores jacobeos. Sagrado acaso en tiempos ya olvidados, ahora gentil con fuente en los talones, sacias la sed y enjugas los sudores. Si tu abrigo concitase enamorados a grabar en tu piel sus corazones, serías, además, nido de amores».

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