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juan carlos franco
León

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Hubo un tiempo en el que nos abrasaron diciendo que el futuro estaba en África. Que de allí, a la vuelta de pocos años, saldría el próximo Balón de Oro y el nuevo Premio Nobel en medicina. Y hasta les concedieron la organización de un mundial de fútbol para demostrar que contabamos con ellos —aunque sólo nos interesase su dinero—.

Sin embargo, pasa el tiempo y los pronósticos no se cumplen. Lejos del balón áureo vaticinado, los niños siguen jugando descalzos, entre charcos y barro con una pelota hecha de harapos, mientras que de medicina solo se tiene noticias, en la mayoría de los rincones del continente, a través de la labor que han venido realizando misioneros como Manuel García Viejo, a costa de dejarse la salud y, como es el caso, la vida. Y lo que es peor, han dejado de estar en nuestros pensamientos para pasar a estarlo en nuestras oraciones.

Porque África, desde mi distancia, sigue siendo ese mismo lugar de siempre para morir. Donde por nada te matan y por menos te mueres. Ese continente del que ni las verjas, ni vallas anti-trepa —cuantas de estas se necesitarían por estos lares—, ni los alambres de espino, ni el ‘sursuncorda’ son capaces de frenar la desesperación de sus jovenes y sus ansias de huir de la gran morgue en que se ha convertido.

Ese lugar al que llegan imágenes de nuestra fiesta continua organizando mundiales y saraos varios. De los desfalcos, cada vez de mayor calibre, de nuestros políticos. De la casi obscena importancia que le otorgamos a algo tan trivial como el deporte. Invitaciones, en definitiva, a emprender un viaje con destino incierto a un mundo en el que el problema, como en el caso de Cacabelos, no es morirte sino el sitio donde enterrarte.

De África volveremos a acordarnos cuando la muerte vuelva a señalar a uno de los nuestros. Mientras tanto seguiremos dándole la espalda, ignorando que sus problemas, sus males y enfermedades, más pronto que tarde se convertirán en los nuestros.

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Para pasar el tiempo, seguiremos entreteniéndonos con esa Edrada a la que ahora todos se apuntan a proteger, sin que nadie se acuerde de que todavía, —para quien tenga ganas, dinero y conocimiento, esto último sería de agradecer— queda mucho por ‘apicachar’ en el Castro de la Ventosa.