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Gabriel Gil Luque. león
León

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Viejo bache

Viniendo de Astorga, antes de pasar el puente sobre el río Bernesga, hay un «bache» en la carretera desde hace mucho tiempo. Mi coche, con sumo cuidado por mi parte, lo salva por sus lados. Ayer me envió un destello de luz un coche que me seguía, como advirtiéndome que él lo pasaba en su totalidad con las dos ruedas izquierdas. Era mi amigo que, cuando paramos me dijo: Sé lo que hiciste, yo odio a los baches, pero a éste le amo, le he cogido cariño, afecto, suena al pisarlo y le oigo como ronroneo de gato zalamero; pero estoy temiendo con pena que cualquier día me lo asfaltan.

No temas —le dije— los medios de comunicación dan noticias con frecuencia de la contestación que reciben de la Sección Oficial de Carreteras a todas las quejas anti baches que reciben: «No hay consignación presupuestaria para su fin, si bien la habrá, estamos sobre ellos, pero tengan calma y especialmente tranquilidad».

¡Ah que nueva me das sobre la calma y tranquilidad! —dijo mi amigo— te repito que odio los baches hasta el punto de ver en TV a los ciclistas bajar a tumba abierta, me angustia que se encuentren con alguno, paso un rato doloroso y como un poseso sólo me fijo en la lisura de la carretera. Entonces según tú, —continuó mi amigo— ¿a mi viejo bache lo seguiré oyendo? ¡qué felicidad inesperada!

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Déjame que me desahogue cantando: Y se arrancó con voz baritonal y tanguera: «Viejo bache.... viejo bache... si a mí me gusta que suene, porqué lo voy a evitar». Me conmovió su sentimentalidad cantada y apostillé: Amigo mío ten la seguridad plena que tu bache, no tiene hoy ni en un futuro lejano fecha de caducidad. Ten tranquilidad y prudencia y suerte al volante.