Diario de León
Publicado por
javier tomé
León

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El roce hace cariño y, desde hace décadas, la localidad extremeña de Trujillo, ubicada a un paso de Cáceres, viene a ser para mí una especie de segunda patria por la que siento gran apego emocional. Acabo de regresar de una nueva estancia, y van cientos, en aquella villa apacible y cordial, cuyo pasado está hecho de jirones de gloria. Se trata del lugar con mayor número de monumentos por metro cuadrado de España, lo que no es poca cosa, por lo que su tramoya urbana es una auténtica fiesta arquitectónica de palacios renacentistas que nos relatan el árbol genealógico familiar y templos que son joyas sacras cinceladas a partir de la fe y el esfuerzo del hombre. Las sombras del pasado se reflejan en las piedras antiguas y nobiliarias, contribuyendo a forjar una identidad cultural muy propia que ha ido tomando forma a lo largo de los siglos. De Historia, dicho sea en mayúsculas, rebosa la Plaza Mayor o Plaza de la Hispanidad, reputada como una de las más bonitas del país y enseñoreada por la colosal estatua de Francisco Pizarro, cuyas gestas escritas en sangre le llevaron a la conquista del Perú.

No fue el único gran aventurero nacido en el solar trujillano, pues ahí tenemos al mítico Orellana que fue capaz de culminar una empresa tan colosal como la navegación del Amazonas, río entre los ríos. El encanto de lo popular colorea las calles y plazas de esta hidalga ciudad que te enamora a primera vista y está consagrada, en el apartado religioso, a la Virgen de la Victoria. La imagen descansa en su camerino, presidiendo desde la portada del macizo castillo los destinos y afanes de un pueblo saturado de hermosas instantáneas del pasado. Ya lo dice el eslogan turístico: «Visita Trujillo y quédate de piedra». Pues eso; un fin de semana pasado en aquella cuna de la civilización española es el mejor bálsamo para el alma.

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