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EMILIO GANCEDO
León

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Iba a titular de manera fina y sartreana, ‘La náusea’ o así, pero la cosa está llegando a tales niveles de repugnancia que no queda otra que acudir a las más secas y desagradables entradas del diccionario si queremos empezar a hablar de lo que está pasando en este país tan parecido a un queso gruyère, por los agujeros y por el tufo, las dos cosas. El anchuroso campo semántico de la mugre se nos va quedando corto y anda próximo a acabarse, y habrá que inventar nuevos y pringosos términos si queremos ser fieles a la colosal hediondez de nuestra alta clase política y a sus relaciones con quienes distribuyen la panoja. Un primo mío acuñó la expresión ‘arcada mortal’ ante la imposibilidad de reflejar con mayor precisión aquel repentino vómito que lo levantó en vilo de la cama tras una noche loca y que lo obligó a evacuar por la ventana aportando pinceladas de variado color a cada una de las terrazas de los pisos inferiores.

Pues arcada mortal es lo que uno viene sintiendo desde la última semana, y no tanto por el rosario de casos de corrupción que pasean las salas de estar como cofrades de la santa compaña tocando el campano sino ante todo por el espectáculo de canguelo extremo que ha desplegado en esta ocasión el partido en el poder y también el que viene detrás: en cualquier otro momento habrían hablado de la preceptiva ‘presunción de inocencia’ y de que ‘hay que dejar actuar a la justicia’, lo normal. Ahora no, ahora arrinconan de inmediato a sus amigos del alma —compinches de despacho y de comedor privado, cómplices de tantas risas y palmadas en la espalda—, les retiran el saludo y el carnet y escupen su nombre en fariseo auto de fe. ¿Dónde quedó aquel ‘pongo la mano en el fuego por…’ que tantas pezuñas de gocho chamuscó? ¿Y por qué ahora toca arrojar a la leprosería a los imputados y antes no? La acumulación de la cochambre y la cercanía de las elecciones quizá tengan algo que ver con este rasgarse las vestiduras y esbozar mohínes y sacudirse la caspa, como si todos anduvieran jugando al ‘yo nunca he’. Ya me lo dijo una vez una lebaniega: «Dicen que cuando uno sabe la condena del otro es porque alguna vez le han condenado». Pues eso, que encima de no estar libres de pecado se lían a tirar piedras.

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