FRONTERIZOS
Pensando en ellos
Has pensado mucho estos días en ellos. En Luis, en Nuria, en Raquel, en Carmen, en Álvaro, en Anais… Todos son reales. Son jóvenes bercianos que estudian, o han estudiado, Arte Dramático. Y como ellos hay decenas, cientos, miles, por todo el país.
Quieren ser actores. Lo son ya: en este oficio el deseo es un mandato, una orden que no se puede desobedecer. Es el famoso veneno del teatro, la droga más poderosa: una vez que la pruebas ya no quieres, ni puedes, dejarla. Tal vez acabes odiándolo, como le pasó al maestro Fernán Gómez, que cuando dejó la escena inventó aquella «boutade» de que abandonaba las tablas porque no le gustaba que le miraran cuando trabajaba. Pero quitarse del chute de la excitación de la escena, del calor bajo el foco, del aplauso como pago, del juego de poner al ego a ser otro durante un rato es muy difícil.
No buscan ser famosos. Tampoco firmar autógrafos ni posar para «selfies» con adolescentes enloquecidos. Quieren ser actores, escarbar en las vidas que otros escribieron, meterse en ellas en cuerpo y alma y someter ese ejercicio al juicio de ese Tribunal Supremo que es el público. Pero van intuyendo que para cumplir su sueño no les llega el deseo, ni la formación, ni el talento. Para ser lo que quieren ser deberán también convertirse en productores, en empresarios, en distribuidores, en programadores y, llegado el caso, habrán de pegar carteles, vender entradas y contar monedas al final de la función. Al margen, claro, de servir copas los fines de semana para borrachos que nunca les reconocerían sobre un escenario.
Has pensado en ellos recorriendo los pasillos de Mercartes, que este año ha dejado su tradicional sede sevillana y se ha instalado en Valladolid. Mercartes es el mercado bienal en el que se encuentra gran parte del oficio escénico del país, organizado conjuntamente por la Red Española de Teatros Públicos y la federación de empresas productoras. Es decir: la exhibición pública y la creación privada, dos clanes con la permanente tensión de los que no tienen más remedio que entenderse. Y se han visto las caras, pese al chaparrón que no cesa y a la conspiración de los necios contra la cultura.
Conoces superficialmente a Luis, a Nuria, a Raquel, a Carmen, a Álvaro o a Anais. Sabes de su firme vocación, de su pasión por el oficio, de su ilusión y de sus ganas por seguir aprendiendo. Lo que no sabes es cómo explicarles las dificultades que les esperan. No sabes cómo contarles las historias de privaciones y de fracasos, lo laberíntico de una tarea titánica en la que muy pocos llegan a la cima, menos aún sobreviven en ella y una gran mayoría se va a quedar por el camino. Por eso, en Mercartes, no has hecho más que pensar en ellos.