Diario de León

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León

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Hay gente excepcional en este mundo, fuera a parte de los genios de la ciencia, la literatura, la música y todas las artes plásticas, existen personas que destacan por reunir una serie de virtudes difíciles de atesorar en la sociedad en la que nos ha tocado vivir. Me refiero en este caso, a ostentar una cualidad escasa, que aunque implícitamente en su nombre puede parecer general en la mayoría de los mortales, es tremendamente difícil de encontrar, cual es la humanidad.

Nos rodean en esta etapa convulsa por la que pasamos: el Estado Islámico, el ébola, las corruptelas, la crisis… toda serie de catástrofes articuladas por la maldad, el egoísmo o la avaricia de poder de nuestra raza, pero entre tanta mala baba, siempre hay historias personales que nos hacen, por lo menos a mí, seguir teniendo esperanza en el futuro de nuestra sociedad. Evidentemente son muy pocas las personas, no solo entre los que se acercan a los círculos de la fama, sino también entre nuestros más allegados, de las que podamos decir que son capaces de entregarse a los demás sin recibir nada a cambio, pocos nuestros congéneres de los que podamos pensar sin temor a equivocarnos que no buscan su interés a la hora de regalar su tiempo o su dinero y enormemente escasos aquellos que sin ningún género de duda anticipan la felicidad del prójimo a la suya propia.

No menos equivocado es pensar en la escasez de individuos que tras serles negado un favor o una prebenda, son capaces de olvidarlo y responder con generosidad y altruismo a los ruegos de los negadores. Pocos son los que están dispuestos a poner la otra mejilla cuando son abofeteados, y menos todavía los que responden al empellón con una muestra de cariño e indulgencia hacia el agresor.

Afortunadamente esas personas existen pero son pocas, y menos todavía de las que tengamos conciencia de su existencia. No estaría de más que esa actitud que poseen fuera un virus contagioso que se propagara sin fronteras a lo largo y ancho de nuestro mundo, que se contagiara, ipso facto, todo aquel que entrara en contacto con cualquier infectado y que no hubiera tratamiento eficaz para frenarlo.

El temor a ser considerado un «pringao», si eres bondadoso con los demás, o a ser catalogado como tonto o descerebrado, si no aprovechas una oportunidad por creer que lo merece más otro, incluso a que te pisen la cabeza, si intentas progresar sin tramposas artimañas, hace que sucumbamos más frecuentemente de lo que nos gustaría a dejarnos conducir por actitudes interesadas y a eliminar de nuestra genética conductual todo aquello relacionado con la bondad, la humildad, la generosidad y el resto de atributos que en la cultura cristiana occidental se relacionan con la santidad.

Sin embargo aunque resulte difícil de creer, existen esa clase de personas. Y no estoy pensando en todos aquellos declarados santos o beatos por la Iglesia católica que crían malvas desde inmemoriales tiempos, puestos en altares y aclamados por muchedumbres devotas con creencias rancias e irracionales en algún caso, no dudo que alguno de ellos entraría en el selecto grupo de extrañezas a las que me refiero, pero otros seguramente no. Me refiero a los santos reales, de carne y hueso, que con sus obras consiguen que otros vean la luz y lleguen al cielo, tras pasar por la casa de Satán, gracias a su desprendimiento, su renuncia a una vida entre algodones y a que no evitan dar todo por sus semejantes.

De una nueva santa, de las de verdad de carne y hueso, hemos tenido noticia hace pocos días, una persona que a pesar de la afrenta que occidente entero le ha hecho y en particular España, ha sido capaz de «no tener en cuenta», olvidar y perdonar si es que se llegó a enfadar. Le negaron la acogida cuando más lo necesitaba por no ser de aquí, pero con su generosidad, ha aceptado venir a ayudar a curar a otros y no a pedir, a salvar y no a poner en peligro y a regalar sin pedir nada a cambio. La humanidad de esta mujer, al igual que la de todos aquellos que se encuentran ayudando a mitigar enfermedades miserables o a consolar la pobreza extrema en países extraños y abandonados por el primer mundo: ONG’s y misioneros principalmente, habría de ser puesta como ejemplo de lo que el ser humano debería aspirar a ser.

Aunque tampoco son todos los que están los incluidos en mi alabanza, porque la intrincada complejidad de la mente humana y su insidioso funcionar en algunos sujetos, lleva a que estas organizaciones en algunos casos sirvan de vehículo, no para la ayuda desinteresada y gratuita hacia los demás, sino únicamente para el blanqueo y limpieza de mentes, para alimentar la vanidad de conciencias o tejer el disfraz de esa gran estafa que es el «buenismo».

Quizá la solución para los países subdesarrollados, aquellos que nacieron con el mal de ojo que les echó el primer mundo con aquello del colonialismo, no es que sus pueblos traspasen nuestras fronteras, dónde lo único que pueden aprender es decadencia y falta de valores, sino que occidente se empape con la cordura de los individuos que como la hermana Paciencia y otros cuantos como ella, ayudan desinteresadamente a los demás, les sanan, y les hacen creer en sí mismos, solo con sus manos, con sus muchos o pocos conocimientos y sus pequeñas o grandes aspiraciones, pero sobre todo con su actitud desprendida arriesgada y generosa, son personas que no están al lado del dinero, de la competitividad o del poder, gente que está codo con codo y de forma incondicional, como la hermana Paciencia, con la humanidad.

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