EDITORIAL: Pobreza, el problema que no puede ocultar la corrupción
Circula desde hace días un informe demoledor de Unicef en relación con la pobreza infantil y hoy mismo se publican en este periódico detalles concretos del de Cáritas en León, que tiene lecturas muy duras pero también alguna arista esperanzadora. Alerta la organización de la cronificación de la pobreza, de que ha aumentado un 10% en volumen de las ayudas —que en un 86% de los casos se destinan al pago de los gastos de la vivienda: alquiler, luz y gas— y de que hasta octubre atendió a 4.256 personas, 1.057 de ellas en primera solicitud de ayuda. Sin embargo, el incremento de demandantes de auxilio sólo supone un 5% y eso, frente a la avalancha de años precedentes, abre un ángulo nuevo para la observación de un problema social de primer orden. Crece menos la solicitud de ayuda, si bien es cierto que aumenta la exigencia de quienes la venían reclamando por la progresiva pérdida de acceso a las más básicas prestaciones.
Frente a la inacción política, son las organizaciones no gubernamentales como Cáritas, bancos de alimentos y muchas otras las que se han situado en primera línea y a pie de calle en la lucha por aliviar la situación de tantas familias que no llegan a fin de mes, de tantos ciudadanos sin empleo y sin prestaciones sociales y de tantos niños que van al colegio sin recibir la alimentación necesaria. Que eso ocurra ya es triste, pero que sea mientras un montón de desalmados se enriquecen a costa del dinero público y mientras asistimos un día sí y otro también a nuevos capítulos de corrupción es doblemente doloroso. Preocupa a los políticos la pérdida de credibilidad por estas nuevas cuestiones, seguramente más por la amenaza que supone para su estatus que por otras razones. Pero si de verdad quieren recuperar la credibilidad y la dignidad deberían empezar por atajar el problema de la pobreza. Eso sí que sería hacer política de verdad.