Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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Puesto que quiero poner mis sentimientos en papel, debo lamentar que la lengua española, esa que fija y da esplendor, se encuentre tan a la remanguillé como este país regido por un sistema enfermo de moralidad y codicia. Hoy en día el dinero dicta la ley para una serie de personajes que han hecho trizas la ejemplaridad pública, tras haber entrado a cuchillo en las arcas comunes. Tremendo lo suyo, de verdad. Ponerles al control de los mandos es igual que meter la salchicha en la boca de un perro. En fin, a lo que iba. Naturalmente, estos zoquetes de alto standing han sido calificados con una serie de motes alusivos a su carácter o tipología física: el Bigotes, el Tuerto, Tragapanes… Apelativos tan manidos y sobados como un sello de Correos y muy alejados del jolgorio lingüístico que manejaban nuestros abuelos. La Tomatantos o Tito Negro forman parte de la memoria común capitalina, acompañados en el panteón de la apachería local por gandules de tanto renombre como Luisito Liebre, el Hoyina, Bernardo el Ranero o María la Perrata, acostumbrada desde niña a ganarse la vida de cintura para abajo.

¿Qué me dicen de Nanino Sardina o de Pedro Pocho, dos pelagatos que tenían la costumbre de robar todo lo que no estuviera atornillado al suelo? Miembros destacados del lumpen autóctono fueron Nono el Enterrador y Juanito Litro, capaces ambos de cochinadas de la peor especie. En cuanto a don Julián la Perversa, su indigno apellido nos da idea de una podredumbre moral que le llegaba hasta la médula. Si hablamos del género femenino, Pepa la Calzona y la Paraguina fueron dos arpías de mucha categoría, veneno en frasco pequeño al igual que Lolita la Cabezona, quien solía ir acompañada para sus trapicheos por algún miembro del clan de los Mandilos. Todos ellos allanadores de las buenas costumbres, al igual que la purrelería del presente.

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