CORNADA DE LOBO
No robarás
Tajazo en la muñeca con la cimitarra, otra mano al cesto... y otro ladrón manco a la calle.
Esto manda Dios en los estados de fe bruta. En el Islam es frecuente, como el ahorcarte de una grúa en plaza pública por un adulterio o crucificarte por una blasfemia. Estas condenas tajantes no son privativas del Corán; el evangelio de san Marcos va más allá del simbolismo al recetar Jesús que es uno mismo quien debe cortarse la mano o sacarse el ojo «si escandalizan» (la pena de cortarle la mano al ladrón también estuvo vigente en la órbita cristiana a lo largo de la historia).
Pero... ¿por qué lo del robar cabrea tanto a los dioses que gobiernan o, mejor dicho, a los que gobiernan en nombre de los dioses?...
Jose Luis Cuerda, director y escritor de la comedia más inteligente y redonda de la historia del cine español, Amanece, que no es poco , reflexionaba el otro día en la radio: el catolicismo es curioso... confiesas que has matado y te absuelven, vuelves a matar, lo confiesas y vuelven a absolverte... pero le dices al confesor que has robado y no hay absolución final hasta devolver o restituir todo lo robado, dice el derecho canónico... esto es: robar una vida vale nada, pero robar bienes o dineros no se perdona... curioso.
Sócrates apuntó: ¿Quizá por eso se dice que la propiedad es sagrada ?... otrosí: ¿por qué ningún código recoge lo de Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón ?... y si antes robar era feo, ¿por qué ahora es envidiable?... ¿no sería ejemplar cortar alguna mano ante tantísimo ladrón insaciable e incorregible por cuyo daño, además, llega también a morir gente?... si al menos se robaran entre ellos... pero siempre encuentran al más tonto de la contrata, el Estado, que se deja.
Contaba Karlos Arguiñano algo que le dijo su padre y le marcó profundamente cuando de joven determinó irse de casa, cambiar norte y buscarse la vida echándose al mundo: «Haz lo que quieras, hijo, pero si algún día me vienen diciendo que has robado, te mato»... robar es lo peor, pero eso era antes, cuando el título de ladrón no sólo era el baldón del garduño, sino que deshonraba a toda su familia.