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ERNESTO ESCAPA
León

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E l imaginero Víctor de los Ríos se recogió ya viudo para morir en Santoña, y de su legado a la villa marinera, vino a León hace un lustro la muestra conmemorativa del centenario. Luego, después de tanto ruido, ya sólo se volvió a saber del artista cuando, al mover su Quijote pensativo para una excavación en Vegazana, la cavilación se quebró como lo que es, un remiendo de asperón empastado sobre un esqueleto herrumbroso. Entonces lo subieron al Portillo, de donde había bajado, para destapar los vestigios romanos. Ahora, su casona de Puerta Castillo embarulla una muestra sobre el León romano con diversos documentos y testimonios de la marca Cuna del Parlamentarismo.

Víctor de los Ríos nació en Santoña porque su padre trabajaba en el penal como funcionario de prisiones. Era un señorito madrileño casado con una guapa gitana, que lo dejaría viudo seis años más tarde. La pérdida de la madre puso al niño en brazos de su madrina, casada con un copista del Prado y ama de llaves de la reina María Cristina. A punto de concluir la guerra, que pasó emboscado en Madrid después de desertar del ejército republicano, se casó con Catalina Fernández Llamazares, una leonesa hacendada a la que tituló por su cuenta como marquesa. Le venía bien en los autorretratos el contrapunto entre la madre gitana y la señora aristócrata. La leyenda gremial lo dibuja como un acaudalado diletante que puso la firma a obras trabajadas en su taller por otras manos. Primero, un acreditado escultor republicano recluido en el ostracismo le suministró imaginería religiosa con la que reponer las pérdidas causadas por la guerra. Conquistado ese territorio, que luego estiró hasta la extenuación a través de la imaginería pasional, se orientó hacia la monumentalidad de los oficios.

El pastor en Ameyugo, junto a la Nacional Uno, el minero en Linares, el maestro en Madrid, y así sucesivamente. Con trucos. La figura del maestro retrata al nieto mayor de Franco, que ya es agravio. El dedicado a la agricultura, en la vieja Escuela de Agrícolas en la circunvalación de León, es una diosa Ceres inspirada en la nieta famosa del dictador, pero con tanta generosidad pectoral, que antes de descubrirla, tuvieron que rebajarle varias tallas. También en la ciudad, colocó un león en cada extremo del puente de la Estación. Toda esta imaginería de asperón muestra un deterioro alarmante. Acaso la caducidad tiene que ver con el alcance de su valor, porque la naturaleza es sabia y no hay adefesio que cien años dure. Pero a los leoneses de una cierta edad, el tránsito por Puerta Castillo todavía nos evoca la imagen de Víctor de los Ríos. Ahora, con la ironía de contemplar enfrente los atravesados colgantes de Arroyo, un buen pintor negado para la escultura.

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