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PRISCILIANO CORDERO DEL CASTILLO SOCIÓLOGO
León

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P or casa la calle, por cama un banco, por techo el cielo raso, así es como viven cerca de 40.000 personas en las calles de las ciudades españolas, según denuncia Caritas en su informe de 2014. Hace cuatro años que Cáritas Española, junto con otras muchas ONGs, organizó la Campaña ‘Nadie sin hogar 2010-2015’. Desde aquella fecha Caritas viene trabajando para erradicar el vivir en la calle con el lema ‘Acabar con el sinhogarismo es posible’. Sin embargo, la realidad es que después de estos años el número de las personas sin hogar no solo no se ha reducido, sino que ha aumentado considerablemente.

El primer problema que se plantea al estudiar el tema de los Sin Hogar es el de fijar su propio concepto, dada la abundante terminología usada para designar a las personas que habitan las calles de las ciudades en situación de pobreza y exclusión social extrema. Se usan los términos de mendigos, por vivir de la mendicidad, vagabundos, por no tener residencia fija, transeúntes, por vivir de paso entre ciudades con el pretexto de buscar trabajo, indigentes, por su situación de carencias materiales, sin techo, por carecer de vivienda y sin hogar, que podría ser el término más exacto para definir la realidad que viven las personas que tienen por su casa la calle, por su cama un banco y por su techo el cielo raso, pues la carencia de vivienda generalmente va acompañada de otras carencias, tales como la afectiva, la económico-laboral y la social, además de soledad, abatimiento y exclusión social.

La pobreza no es algo nuevo, ha existido siempre, pero cambia de significado con el tiempo. Antes se refería casi exclusivamente a la privación de recursos económicos, hoy se trata más bien de una exclusión social. La pobreza, aunque es un fenómeno permanente, no es un fenómeno natural, no es fruto de la fatalidad ni de la desidia de los pobres, como nos quiso hacer creer primero el calvinismo, más tarde el pensamiento liberal, y ahora los neoliberales. La pobreza, por el contrario, es un hecho producido por determinadas estructuras y mecanismos socio-económicos. Es verdad que siempre ha habido pobres a lo largo de la historia, pero siempre han sido el resultado de las estructuras socio-económicas de su tiempo.

¿Cuántos son los Sin Hogar en España? Si resulta complejo determinar el concepto de los sin techo, es igualmente complejo realizar un censo de los mismos. Son casi invisibles en las estadísticas estatales. Al tratar de hacer una cuantificación de los mismos, nos encontramos con que a nivel oficial solamente hay estimaciones realizadas en base al recuento de las personas que acuden a albergues y a comedores sociales, ignorando a los que ni siquiera acuden a estos servicios.

El Censo de Población y Vivienda de 2011 del INE cifraba el número de pobres en el 21% de la población, lo que equivale a más denueve millones de personas que estarían por debajo del umbral de la pobreza. Partiendo de este mismo censo, tendríamos que el 4,4% (en torno a 253.000 personas) viven en chabolas, barracas o no tienen hogar. De ellos, el 85% habita en infraviviendas y el 15%, equivalente a unas 38.000 personas, no tienen hogar, son personas sin techo. Caritas, por su parte, en el informe 2014 eleva la cantidad a cerca de 40.000 personas.

Pero ¿quiénes son los Sin Hogar? A escala nacional, la situación es más heterogénea. Si resulta complicado determinar el concepto y fijar el número de los sin hogar, es igualmente difícil definir su perfil. Nos seguimos moviendo en un campo poco estudiado y de forma sectorial. Se trata de un mundo muy heterogéneo, pero se puede afirmar que por el origen de sus problemas proceden de familias desestructuradas o rotas, de pérdida del trabajo y de recursos económicos, de adicciones —alcohol o drogas— o de enfermedades —principalmente mentales—, de la inmigración o del tráfico de mujeres.

Los problemas que originan la situación de los sin techo se retroalimentan y a partir de un problema se puede pasar a otro que alimenta o refuerza otros más, entrando en una espiral de exclusión o marginación de la que resulta muy difícil salir. Lo que sí es cierto es que frente al perfil tradicional que nos hablaba de un varón español de mediana edad, hoy están apareciendo cada vez más jóvenes, entre 16 y 40 años, extranjeros inmigrantes, que en algunas comunidades llegan a sumar hasta el 45% del total de los sin hogar, y mujeres, que ya suman en torno al 15%. Se puede decir que se está dando un rejuvenecimiento, una feminización y una internacionalización de los sin hogar.

¿Y qué respuesta social nos exigen los sin techo? Varios organismos internacionales han reconocido el derecho de todo ciudadano a una vivienda digna. Además, el Parlamento Europeo publicó en 2013 una resolución sobre la vivienda social en la Unión Europea, donde establece entre otros los siguientes puntos: 1. El acceso a la vivienda social constituye un derecho fundamental que condiciona el acceso a los demás derechos fundamentales y a una vida íntegra. 2. La garantía del acceso a una vivienda digna constituye una obligación internacional de los Estados miembros. 3. Se considera a las personas en situación de sin hogar como uno de los grupos prioritarios en la consecución de una vivienda social adecuada y digna.

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La primera medida a tomar frente al problema sería la prevención para adelantarse a la aparición de la exclusión social extrema. Supone intervenir antes de que se produzca la exclusión, con políticas sociales y la garantía de los derechos sociales y económicos. Cuando empiezan a aparecer los problemas familiares, de vivienda, enfermedad, empleo, adicción, alcohol, racismo, hay que buscar los apoyos necesarios en la familia y en la red de servicios sociales. Pero cuando ya se ha dado la exclusión social, la solución está en la acogida, albergues y manutención. La sociedad española tiene una red específica de atención a personas sin techo con unas 10.000 camas en albergues. De esos centros, el 27% son públicos, frente al 73% que son privados, en su inmensa mayoría de la Iglesia católica. Estos datos dan una idea del abandono administrativo que sufren las personas Sin Hogar que nos encontramos por las calles de nuestras ciudades. Tú, al menos, ofréceles una palabra y una sonrisa.