CORNADA DE LOBO
¡Milagro!
T ruco viejo: en la aduana de Hendaya un agente registra el equipaje a un turista, saca de él una garrafa y le pregunta qué contiene... el interpelado responde con seria gravedad: agua de Lourdes , naturalmente, volvemos de una peregrinación... la abre el aduanero, huele el contenido y exclama ¡eh, oiga, pero si esto es coñac!... ¿coñac?, dijo el tipo haciéndose la señal de la cruz una y otra vez, ¿coñac?... ¡¡milagro, milagro!!...
Mandó el papa Francisco abrir los maletones y criptas acorazadas de las finanzas vaticanas y el reciente cardenal-banquero que designó para ordenar ese bendito caos acaba de comunicarle que han aparecido cientos de millones de euros que no estaban registrados en la contabilidad oficial por figurar opacos, endosados a congregaciones pías o maquillados en otras finanzas autónomas de la Iglesia.
¡Milagro, milagro!, exclamaron los anteriores banqueros y cardenales al cargo de la santa bolsa, ¡milagro!... qué gran noticia... Dios es grande, pues con este de bóbilis bóbilis permitirá eludir la bancarrota que anunciaban los expertos para la banca vaticana, tan empocilgada en trampas y blanqueos como tristemente comprueba un papa que está irritando a no pocos por querer restaurar la pobreza como eje y seña cristiana de mandato evangélico.
No son unos pocos... ¡son cientos de millones!... (Fabra, probín , aprende).
La verdad es que muchos dineros del César que guardan las iglesias de Dios no es fácil verles con el obligado collar fiscal que lleva al cuello el dinero de todo feligrés, porque... ¿se declaran las limosnas de cepillos o colectas, las misas encargadas, los estipendios sacramentales, las donaciones secretas y las caridades metálicas?... angelicos, su letra «b» es de ¡benditos!... ¡sea impío y sacrílego quien hurgue en ellos!...
Por no ganarse la excomunión, Sócrates dijo no atreverse a preguntar si los tesoros eclesiásticos y su ingente patrimonio inmueble o artístico tributan también lo suyo, amén de burlar ya el ibi .
Pues no lo pregunte, don Sócrates, le aconsejó Octavito... y así acabará excomulgado ese que escribe las cornadas y se chiva de todo lo que usted dice.
¡¿?!... Octavito, ¡que te folle un pez!...