MARINERO DE RÍO
Cric-cric
Hay un ruidillo menudo que es como el signo de los tiempos, un indicio de carcoma royendo el pavimento desigual y también nuestras conciencias, un aviso movedizo en forma de desvelado rumor. Lo oímos desde nuestras ventanas en la amanecida, y al atardecer, y también en noche cerrada, especialmente en estos días señeros de mil trasiegos en aeropuertos y estaciones, de masivos regresos a la patria chica, y pensamos entre ensueños que del anuncio navideño y vacacional ya no se encargan ángeles con vitolas sino partidas de chavales que regresan a casa, arrastrando la maleta, desde Madrid, Barcelona, Londres, Hamburgo, Nueva York, Sídney o Hong Kong. Los que se quedaron en el municipio que los vio nacer forman parte de la generación del tupper, pero estos que ahora invaden la ciudad como restos de un ejército cansado bien podríamos calificarlos de la generación del trolley, condenados a vagar con sus pertenencias montadas sobre ruedines en un imposible trayecto trabajo-hogar de muchos cientos de kilómetros.
Y llegan como siempre se llega a casa, pensando secretamente que tu madre te aguardará en el balcón clamando como en Amanece que no es poco («¡hijo mío!», «¡salud de mi vida!», «¡carne de mi corazón!»), envuelta en un aroma de croquetas recién hechas. Así suele ser, poco más o menos, pero también les da la bienvenida una capital de provincia aún rozagante en sus miserias, un mezquino sistema de castas funcionariales o mínimo-comerciantes, el lema ‘ande yo caliente’ campando a sus anchas, y los hijos y nietos de aquellos antiguos emigrantes de pana y maletón, hoy vestidos de Zara, resoplan y mueven la cabeza, crecientemente descreídos, sabedores de que mucho tendrán que cambiar las cosas en estas pequeñas ciudades y en este gobierno para que puedan un día regresar y trabajar como es de ley.
La savia vital del país se escapa con cada uno de esos cric-crics crepusculares que escuchamos por las avenidas aún desiertas, y a ese ritmo de latidos huidos van quedando los tuétanos de este solar ibérico vacíos de empuje, de ideas, de talentos y de futuro. Nosotros lo oímos desde nuestras camas, nos damos la vuelta y seguimos durmiendo.