Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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E n las vacaciones de Navidad íbamos a jugar al fútbol al campo de la MSP. El terreno, muy pedregoso, estaba donde hoy queda la calle Severo Ochoa, en los aledaños de la Rosaleda. La ciudad allí no regía plenamente porque la empresa Minero Siderúrgica había bloqueado Ponferrada en toda su fachada norte y occidental con un gigantesco solar vacío, de un kilómetro y medio de ancho por cinco de largo. Desde La Placa a Compostilla.

En esa llanura fría nos juntábamos. Éramos muchachos aislados en medio de la tarde. La extraña ausencia de casas que de repente surgía al terminar el barrio de la Puebla, convertía el erial en un lugar misterioso. En un desierto que era cruzado por la carretera de la Coruña, la de Franco y sus caravanas de cada verano. La de los camiones pescaderos.

Ya teníamos trece años, estábamos cambiando. Uno de mis amigos sabía mucho de la guerra de Vietnam. Otro había perdido a su padre. Aquella muerte nos marcó mucho a los inseparables amigos. La muerte existía, era algo real. Las chicas nos gustaban, la infancia se iba alejando. Una de aquellas tardes vimos una luz al fondo, en la negra chimenea de la térmica de Endesa. El fulgor venía de una palabra y una fecha: «Feliz 1967». El rótulo brillaba por encima del campo sin nadie, cerca de la montaña de carbón. «Feliz 1967» era un símbolo del optimismo comarcal. El Bierzo había alcanzado en aquellos años el cénit de su población y de su rendimiento energético. Sumaba casi 150.000 habitantes y en Ponferrada vivían diez mil inmigrantes: andaluces, gallegos, zamoranos, portugueses, castellanos…

«Feliz 1967», el Bierzo crecía. Nos quedamos mis amigos y yo mirando las luces del año nuevo. En él podrían suceder muchos sueños. Porque estábamos de ida, la comarca y nosotros. Cada año la producción de carbón aumentaba, cada año la ciudad tenía más vecinos, cada año llegaban médicos, abogados e ingenieros a sus calles. Y se veían cada vez más mujeres bellas y modernas, que usaban colonias de París.

Mis amigos y yo esperamos a que se hiciera de noche. Entonces el «Feliz 1967» fue más nítido, más potente, le ganaba a la ciudad entera con su promesa de futuro. Luego nos dimos la vuelta, empezaba a hacer frío. Entramos en la calle Camino de Santiago y allí, como cada tarde de aquellas vacaciones, nos despedimos. Entonces había casa, padres, abuelos y una ardiente esperanza. También una gozosa inocencia. Feliz 1967, feliz 2015, qué vértigo. Pero la verdad le corresponde a 2015, y todos tenemos puestas en él algunas ilusiones. Como las de aquellos chavales. Ilusiones para el Bierzo, para León, para España. De momento, yo veo ahora, sobre la chimenea de la vieja térmica ponferradina este rótulo, «Feliz 2015». Lo estoy viendo. Y veo a mis amigos. Y siento que lo que aprendimos en aquella ciudad y en aquel tiempo tenía fuerza, tenía luz y tenía corazón.

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