Diario de León
Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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Por razones de mera salud mental, y antes de que Montoro te birle los últimos cuartos con esa sonrisilla tan suya de conejo al pil pil, hay que viajar para intentar dejar lejos los efectos corrosivos de la costumbre. Ya lo dijo el clásico: viajar es necesario, vivir no lo es. Cumplimentando tan sabio precepto me fui a Dublín, auténtico paraíso invernal que padeció tiempo atrás, al igual que ahora España, penas y sonrojos debido a la secta de caraduras que dejó el país hecho unos zorros. Por allí pasó la bestia, sí, con todo un rosario de calamidades económicas y financieras, pero el poderío de la disciplina británica y la buena disposición común han revivido una sociedad que respira voluntarismo conjunto y una excelente calidad de vida. No hay más que entrar en cualquiera de las elegantísimas tiendas de la calle Grafton, cuyas nobiliarias estructuras se remontan a la época victoriana, para comprobar que, en lo tocante a la cartera, los dublineses han pasado de las musas y la poca chicha al teatro más pujante.

La ciudad combina un rutilante pasado, con el presente más exquisito y cosmopolita. Por si ello fuera poco, esta urbe de alta cuna está llena de evocaciones literarias referidas a sus grandes héroes locales: Beckett, Yeats, James Joyce o el genial Oscar Wilde, cuya memoria se perpetua en la que fuera su casa, sita en Merrion Square, frente a la que se encuentra un monumento alusivo al dandi por excelencia que escribió pensamientos como este: «Una persona inteligente siempre se recupera de un fracaso, pero un idiota jamás se recupera de un éxito». Palabras mayores, vamos. Pocas cosas se pueden objetar a Dublín, aparte de que hace más frío que en la cama de una viuda, incluyendo la particularidad de que paseando por sus calles se oye hablar en castellano a cada paso. ¿Dónde hay que firmar para quedarse allí?

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