Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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S e acabaron los eventos y el país parece haberse aliviado de ese estado de nerviosismo adquisitivo que traen consigo los fastos navideños, característicos por los sofocantes calores del despilfarro y las buenas intenciones hacia ciertos prójimos que, en otras fechas del calendario, estarías tentado de picarles la cresta. Pero en fin, hay que atenerse al protocolo y bailar mientras suenan villancicos y zambombas, pese a que en esta España de Todo a 100 hemos pasado, casi sin enterarnos, de ser nuevos ricos a nuevos pobres debido al Waterloo financiero y social que nos ha tocado padecer gracias a unos cuantos barbianes que ahí siguen, tan panchos y opulentos. Ya lo dice el refrán clásico: juntose el lobo a la oveja y le comió hasta la pelleja. Y puesto que el opio para el pueblo escasea, llega al rescate la Navidad convertida en una mezcla ingobernable de tendencias místicas e intereses económicos cuya apoteosis consiste en pasar por caja.

El país entero se transforma en una suerte de Dilapilandia, tan rosa como impostada, gracias al seguimiento borreguil hacia tradiciones eternas y las viejas recetas de la abuela Cleta. A falta de las rebajas y otras viles seducciones que son auténticas bombas de relojería para las respectivas tarjetas de crédito, ha llegado el momento de negociar austeridad y, ya que andamos cortos de cash, toca encontrar un bálsamo de redención que nos lleve de vuelta a las pequeñas cosas y la suprema ley del sentido común. Vale que nos hemos divertido como cerditos chapoteando en los charcos, pero el vendaval económico sigue soplando ahí fuera y la consigna debe ser adaptarse o morir en el intento. En definitiva, y por decirlo en dos palabras, hay que vender el Ferrari y regresar a la entrañable yunta de bueyes. Y este año, vamos a querernos tanto que ni siquiera nos haremos regalos navideños.

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