Diario de León
Publicado por
EMILIO GANCEDO
León

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Si, como decía Demócrito hace cosa de 2.400 años, «la risa te hace sabio», los tipos que la otra semana decidieron ametrallar la sede de Charlie Hebdo con gran parte de sus dibujantes dentro son decididamente lo contrario, o sea, gilipollas. Gilipollas fuertemente armados, experimentados profesionales de la muerte y encima fanáticos religiosos, una mezcla volátil, desbocada y medieval. Pero gilipollas.

Porque contra la soplapollez de la intransigencia dogmática es precisamente contra lo que han venido luchando, desde hace muchos siglos y muchas generaciones, gente como Cabu, Tignous o Wolinski, tres de los ilustradores fallecidos en la masacre. Hombres peligrosísimos a su modo, pues aunque no sabrían ni empuñar un matamoscas, su oficio (ese que consiste en invitarnos a todos a ver el lado humano de la vida, a dudar del poderoso y a no dar nada por sentado) hace temblar de miedo y de ira a todos los gilipollas armados de cimitarra, cámara de gas o kalashnikov que tantísimas calamidades han perpetrado a lo largo de la Historia.

Entonces, ¿cuál será el mágico poder, el arma secreta con la que contaban estos seres de aspecto enclenque, gafudo y despistado para que les hayan eliminado a tiro limpio y vestidos como para asaltar un convoy de tanques? Repitamos, una vez más, las respuestas: el sutil, laborioso, dubitativo e irritante arte de la crítica. Y de la búsqueda (racional) de la verdad. Y el ejercicio de la libertad de expresión.

Lápices contra fusiles. Un pulso sin duda desproporcionado porque, a la larga, trazar líneas de caricatura y descubrir que el emperador va desnudo, pensar, en definitiva, es algo infinitamente más poderoso. Furiosos ante un arma ante la que palidece cualquier bomba atómica —la lectura y el debate sí que levantan, pero de verdad, la tapa de los sesos—, los gilipollas, esos nuevos inquisidores, creyeron que podrían hacerle frente disparando contra las viñetas y sacando esquirlas a los párrafos. Ilusos.

«El salvajismo no sabe reírse», Enrique Jardiel Poncela. También, leído estos días: «El humor es como el pajarito de la mina, el primero en morir por la censura». He aquí la fuerza inmensa de los pintamonas.

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