LA VELETA
Culpables del enorme desastre
S i excluimos a Artur Mas y Oriol Junqueras —y aun en ambos casos habría que hablar con sus psicoanalistas— y, claro, a la presidenta de la Asamblea Nacional catalana, no conozco a casi nadie que no hable del enorme dislate de los caminos por donde discurre Cataluña. Desde Duran i Lleida hasta la nueva ‘revelación’ de Podemos, el muy joven Marc Bertomeu, pasando por Albert Rivera, Alicia Sánchez-Camacho, Miquel Iceta, Joan Herrera, el botiguer de la esquina, los empresarios grandes, medianos y pequeños, los jubilados y jubilables, los parados, los futbolistas menos Guardiola y otro.
Todos menos ellos, quitando a esos dos y a sus voceros muy fieles, sean independentistas o no lo sean, me parece que piensan que la hoja de ruta tiene demasiadas curvas, cuestas que no se justifican, que faltan (y sobran) señales de tráfico. Claro que yo no puedo hablar por el conjunto de los catalanes y, menos aún, por el conjunto del resto de los españoles, pero no me negará usted que la impresión general que todos sacamos del proceso, una vez deslindados los esfuerzos publicitarios de quienes sabemos, es esa: ¿quo vadis, Artur?
Pues no, no parece saberlo. Mas es rehén de Esquerra, de la señora Forcadell, de su resentimiento hacia cómo ha sido tratado ‘en Madrid’, de su propio mesianismo, de su pasión por convertirse en Companys aun a costa, si preciso fuere, del martirio. Y es también rehén de sus mentiras y de sus huidas hacia adelante. Alguien que asegura que 2014, el año en el que las vergüenzas de Pujol y familia quedaron al descubierto, ha sido «un gran año» para Cataluña es que nos toma por mentecatos o... bueno, viceversa.
Pero no culpemos solamente a Artur Mas. Ni a Rajoy, que permanece callado y como ausente, que diría Pablo Neruda, ante el tsunami que se está desatando. Y, si tiramos de la historia reciente, no culpemos solamente a Zapatero y a sus manejos con el Estatut, con Maragall, con Montilla —maaaadre mía—, de lo que ocurre, ha ocurrido y ocurrirá. Ni siquiera culparía yo en exclusiva a Esquerra Republicana y a sus actuales y pretéritos mandamases.
Ninguno de ellos es el culpable en exclusiva del actual estado de cosas en una Cataluña que se interroga qué hacer a partir de ahora: una derrota del independentismo el 27 de septiembre —y es probable que eso ocurra, entre otras cosas por la presencia de Guanyem y Podemos— significará un vuelco social para toda una clase política que haría el ridículo. Y esto es algo que no han medido ni Mas, ni Junqueras, ni, parece, los políticos instalados en la poltrona ‘de Madrid’, ni algunos refugiados en un silencio cobarde aunque existe una sociedad civil callada, sufriente y que intuye que aquí va a pasar algo gordo, porque todos somos culpables y no estamos moviendo un dedo, más allá de lanzar unos cuantos gritos de angustia, para que las cosas cambien. Pues qué bien...