Diario de León
Luis Urdiales
León

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L a casta se tira de los trenes en marcha y corre despavorida al refugio que han forjado los apocalípticos sobre la escombrera política de León. En medio del desconcierto, emergen fulanos que dan lecciones de moralidad gratis después de haber montado chiringuitos con créditos de la caja durante un lustro, con tanto ahínco que los fiscales deben tomarse un tiempo de reflexión antes de tipificar el delito; y se ofrecen columnistas para guiar al pueblo, con la endeble carga moral que desenmascara a quien dedica el tiempo libre a ciscarse en la Diputación después de engatusar hasta al extremo y lograr que la institución provincial incluyera en sus presupuestos asfalto para una senda de burros que conducía hasta un paraje rústico con chalé, colindante a un pueblo montañés. A falta de coherencia, vivan las carreras. Empujados por el miedo, sin saber que los que van a venir también son casta. Que usan la estructura territorial inventada por la casta e, igual que el tío del tiempo de las borrascas, hablan en clave autonómica, amedrentados por la casta castísima de los lamelevitas que escriben al dictado a los pies del diván de su dueño. No hay nada más frustrante para una sociedad que emprender la renovación con un disfraz de momias, con discursos de momias, pasos de difuntos, aliento cadavérico. Los que prometen el rescate dan discursos sobre el sentimiento serbocroata y otras entelequias. Para un viaje así, no hacía falta alforjas. Cómo estará la política que lo más emocionante llega en el vagón de las oportunidades; en esos saldos que promocionan para inquilino del Palacio de los Guzmanes al tipo que hizo las américas a base de desenroscar bombillas y cambiar las farolas que no abrazaban sus compañeros de corporación. Se barrunta jaleo, porque ya hay quien se envuelve cada mañana en la piel de ese oso. Las ambiciones y los padrinos vaticinan gresca para ventilar el duelo; aliciente preelectoral para que el aficionado a la causa mate el tiempo entre las reposiciones en cartelera. Se sabrá que es el momento cuando un gabinete de desinformación deslice el incremento del gasto público por habitante, (cuantos menos seamos a más tocamos, es el lema) asunto estrella para un profundo reportaje estacional, como aquel que bordaban los enviados especiales a la Vuelta España sobre los ángeles custodios de la carrera cada vez que el pelotón llegaba a una etapa de descanso.

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