EL BAILE DEL AHORCADO
Mesopotamia
E n León lo que mejor se nos da es demoler. Desde los romanos —que convirtieron una montaña en patrimonio de la humanidad— hasta ahora, hemos ido perfeccionando la técnica y nos hemos convertido en maestros del desguace. Hagan la lista. Así, a bote pronto, se me ocurren los cubos de la muralla, cuyo reciclaje abrió la era de la modernidad, Puerta Obispo, el antiguo instituto Juan del Enzina, el palacio de los Trastámara, el colegio de los Agustinos, los soportales de Santa Ana... Edificante.
Así que no sé por qué nos llaman tanto la atención las acciones de la actual concejala de Urbanismo, que desde que ha llegado ha convertido el departamento en un happening del desmantele, una manía con la que trata de mostrarnos que la ruina no es nada higiénica. Si es que no la entendemos, que lo que le ocurre es que es seguidora de Marinetti, y me cuentan que lo primerito que hizo al tomar posesión de despacho fue poner su lema, luego copiado por otros, ya saben: «Destruir los museos, las bibliotecas, las academias; acabar con la fétida gangrena de profesores, de arqueólogos, de cicerones y de anticuarios». Ahora parece todo un poco cursi, pero en su momento fue la leche. Que sí, que todo lo que ha hecho hasta ahora ha sido demostrar que lo antiguo es una rémora, que no nos deja crecer, que para poner en marcha el León del futuro hay que vestirse el traje de Nerón, incendiarlo todo, que de los rescoldos nacerá algo nuevo y mejor. Así que comenzó tapando las ruinas del vicus de Puente Castro, se metió después con la plaza del Grano (cachis, las elecciones), varió el rumbo para acabar con las ‘ruinas’ de Alfageme y ha terminado con el palacete de la Azucarera.
Yo, desde aquí, le pido a la edila que no se achique, que la apisonadora del futuro tiene que continuar su paso con decisión, que siempre habrá voces discordantes pero que al final lo que importa es el legado, y todos recordarán que, una vez, en el norte de España hubo una ciudad, pequeñita, pero con su historia y tal y que, gracias a ti, la realidad se convirtió en leyenda, y así fue que nos convertiste en eternos, que todo lo que haces es para que nos pase como a Víctor Hugo, que al escuchar la llegada del embajador de Mesopotamia suspiró: «Ah, la Humanidad». Pues eso, que León despega porque ya no puede llegar a menos. Lo que no sé es si la concejala puede llegar aún a más.