Diario de León

Publicado por
ara antón escritora
León

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N os cuentan que estamos saliendo de la crisis. No conozco ningún españolito que lo sienta en su bolsillo y, sobre todo, ningún joven que pueda ejercer su vocación y la carrera estudiada, con una remuneración justa a su esfuerzo de años.

Algunos, sin duda los menos capaces, bien por falta de posibilidades, preparación o ilusiones, se quedan junto a sus padres, quejándose de sus escasas oportunidades, gastando las exiguas pagas o pensiones de sus progenitores y esperando el maná que ha de venir por promesas sin fundamento de cualquier listo con verborrea deslumbrante o por sus propios sueños de gloria. Como es natural, ni lo primero ni lo segundo darán resultados prácticos y al chico se le pasarán los mejores años, jugando a ser héroe en su inseparable maquinita, emborrachándose hasta machacar el hígado en interminables fiestas, en las que, aparte de beber y descargar testosterona en estúpidas peleas o compartir fluidos con sus «liberadas» compañeras, en idéntica situación, les invadirá el tedio de lo conocido, sencillo y gastado por el uso excesivo, y que no dejará ni un resquicio para ejercer sus conocimientos e ideas, o el impulso impagable de su potente juventud.

Hay otros que, nacidos y criados en Occidente, con todo lo citado anteriormente a su alcance, no se sienten realizados y eligen el camino de la barbarie, teñida de altos ideales, y se van lejos, en un camino sin retorno. ¿A nadie se le ha ocurrido pensar por qué lo hacen? ¿Porque son necios y no saben dónde se meten o simplemente porque necesitan normas, valores, órdenes, objetivos difíciles de alcanzar, que hagan salir de la rutina y la facilidad todo su potencial?

Pero no es de estos jóvenes y de las negativas circunstancias que los rodean de los que merece la pena hablar. Es de esos otros que, con la misma situación y educación, se superan a sí mismos, buscando una salida productiva para ellos y para la sociedad.

En estos días, leía en la prensa la aventura de Jordi Paredes, de 28 años, dirigiendo un equipo de ocho personas en la Nasa y trabajando en un proyecto, alrededor del cual se mueven veinticinco millones de euros. Este caso no es único; son muchos más, cientos, miles, los jóvenes que escapan de una sociedad congelada, inútil e inoperante, para buscar nuevas fronteras, donde su mucha preparación y capacidad sean apreciadas y pagadas como se merecen. Y no sólo se nos van ingenieros, físicos, médicos, científicos; también artistas, músicos... Y todos hallan espacio en Ámsterdan, Yale, Frankfurt, Viena, Zurich, etc., etc. Claro, no son hijos de banqueros ni políticos. Estos encuentran siempre su lugar y un medio para hacer dinero.

Contemplamos esta sangría casi con indiferencia. No nos duelen. Creemos que sólo lloran su marcha la madre, la novia o el novio. Pero estamos equivocados. Nos faltan a todos, los necesitamos todos y todos deberíamos echarlos de menos. Con ellos se va lo mejor, el futuro activo y creador, el apoyo y las soluciones para un colectivo envejecido y cansado, las soluciones de un país vencido y desencantado, que ha dejado de proyectar futuros, empecinado en exprimir presentes.

Algunos de los que ya no podemos partir, ni siquiera rebelarnos, os envidiamos y os deseamos lo mejor, aunque hayáis tenido que dejar atrás el recuerdo de vuestros juegos infantiles, de vuestros compañeros y amigos, de vuestros amores y de vuestra tierra.

Es posible que esos lugares que os han acogido os den todo aquello por lo que habéis luchado y a lo que tenéis derecho, y aunque no lo merezcamos porque no hayamos sabido o querido valoraros, os pedimos que no reneguéis nunca de vuestras raíces y no olvidéis la luz que visteis por vez primera. Y si alguna vez en vuestras manos hubiera posibilidades, brindadlas sin rencor a los que hoy os ignoran porque, sin duda, vosotros sois mejores.

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