FRONTERIZOS
Vida queda muy poca
H asta hace unos días, nada sabías del actor Carlos Olalla. Su historia, aunque no única, tiene su singularidad. Ejecutivo en diferentes empresas bancarias y constructoras, una reestructuración lo dejó en la calle a los 45 años. Para llegar a fin de mes empezó a trabajar en figuración y anuncios. Cada vez más interesado en ese mundillo, tomó clases de interpretación y se volcó profesionalmente en las incertidumbres del sector, decidido a cambiar, dice, «una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo».
Su rostro les puede sonar de papeles de reparto en cine o en alguna serie televisiva. Hace unos días, publicó en Facebook un mensaje que ha circulado mucho por las redes sociales. En él anunciaba su retirada del teatro «harto de trabajar en los escenarios en condiciones esclavistas» ya que entiende que seguir «en estas condiciones es hacerle el juego a un gobierno que criminaliza la cultura».
Olalla hace públicos datos que el ciudadano medio no conoce. Datos como que solo el trabajo no remunerado de los artistas ha conseguido mantener abiertas muchas pequeñas salas en los últimos años. O que el paro entre los actores es superior al noventa por ciento, la precariedad roza el cien por cien y el salario en las salas de teatro alternativas no alcanza los cincuenta céntimos la hora.
Y más cosas. Que mientras los cines aparecen gratis en las carteleras de los diarios, los teatros abonan la promoción; que muchos ayuntamientos hace años que dejaron de pagar a las compañías, «que las ayudas oficiales son escasas y están a años luz de las que reciben nuestros colegas europeos; que las artes están cada vez más marginadas en nuestro sistema educativo; que no tenemos una ley de mecenazgo, tantas veces prometida, que incentive la inversión en la cultura; que nuestro IVA duplica al más alto de nuestros socios europeos y considera la cultura como un lujo; que en este país la cultura depende del gobierno de turno y no de un pacto de Estado como tienen la mayoría de nuestros socios…»
«Por coherencia, por amor al teatro y, sobre todo, por dignidad, considero que seguir trabajando en estas condiciones es ser cómplice del genocidio de la cultura que está llevando a cabo este gobierno», resume el actor.
Has recordado este gesto mientras compruebas la pura energía escénica que desprende en la lluviosa Gijón la Feria de Teatro para niños Feten, llena de artistas que aún no han tirado, como Carlos, la toalla. Y has recordado también aquel diálogo de Heirinch Böll:
– Joven, sea usted franco conmigo, ¿de qué vive?
– De la vida
– Vaya, ¿y se puede vivir de eso?
– Desde luego. Pero es difícil. Vida queda muy poca.