Diario de León
Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

Creado:

Actualizado:

S in duda lo más llamativo de Valencia de don Juan es el contraste entre la eminencia de su historia, que la ha distinguido con dos nombres intercambiables, y la apariencia de decorado del castillo que la identifica. Coyanza es el primero de los nombres que estuvo vigente hasta el siglo trece y podría significar lugar en lo alto, lo que dibuja muy bien su situación dominante en la vega del Esla. Luego se llamó durante un siglo Valencia de Campos, y a partir de 1387, Valencia de don Juan. Esta encrucijada de nombres ha llevado en alguna ocasión a los guardianes del pebetero de las tradiciones a intentar el rescate de la primigenia marca de Coyanza. Fue un conato que se repitió en torno a la conmemoración del centenario de su concilio, en 1950, que valió a la villa el título de ciudad. Pero sin éxito, porque no era el momento de hacer puñetas a los portugueses, únicos europeos que nos hablaban.

Entonces, Valencia de don Juan se incorporó al elenco de nuestras ciudades, junto a León, Astorga, Ponferrada, La Bañeza y Sahagún. También erigió una estatua en asperón del rey Fernando I, que se alza en la plaza del Salvador, donde estuvo la iglesia conciliar. ¿De dónde venía a los prohombres provinciales aquel afán por mudar el nombre borrándose de la descendencia de don Juan? Pues ni más ni menos que de su condición de príncipe portugués. No lo consiguió entonces el Grupo de Tradiciones Coyantinas, cuyo merino era Eulogio Alonso, fiscal, padre del alcalde antinuclear y pariente del escritor Francisco Umbral. En cambio, lo que sí se enturbió fue la genealogía del don Juan de su apellido. Aunque no falta quien atiza de vez en cuando aquellas brasas, al común de la gente el litigio le da igual. Los de Valencia de don Juan se llaman coyantinos con naturalidad, sin necesidad de colocarse ningún pertrecho medieval.

Cinco años más tarde, encontraron acomodo en la iglesia de San Pedro los cuarteles del retablo renacentista de Doncel, que llevaban más de un siglo apeados, primero en una panera y luego dispersos por el nuevo templo, que se construyó en la plaza Mayor para agrupar el tesoro y las feligresías de los derruidos. Pero se hizo con tanta parsimonia, que a su remate ya resultó un edificio anacrónico. De hecho, la lentitud de la obra, prolongada entre 1818 y 1876, consumió la vida de dos arquitectos: Sánchez Ibáñez, que la proyectó, y Sánchez Puelles, que la terminó. Al ser padre e hijo, no hubo mudanza en las trazas y esa fidelidad ocasionó el anacronismo de que se inaugurara a fines del diecinueve un templo de estilo dieciochesco. Ahora se encuentra por fin en proceso de restauración su averiado retablo monumental, que dejó en la estacada la Fundación del Patrimonio por la avería de las Cajas.

tracking