Diario de León
Álvaro Caballero
León

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E mpecé a notar que me hacía mayor un viernes por la mañana, a eso de las siete y media. Recién levantado, cuando antes era la hora de acabar la noche, intentaba que mi hijo desayunara con esa paciencia que necesita de la fuerza de voluntad para no acabar en suicidio. Agotado el manual del diplomático, los chantajes con dibujos animados de Bob Esponja y las amenazas de no volver a sacarle de vinos, estaba a punto de pulsar el botón del pánico: ese que empieza por acordarme de su madre y termina por dejarlo con ella. Como antes de las tormentas, se espesaba el silencio. Era un reto en toda regla: una de esas situaciones en las que o tomas las riendas o acabas por negociar la rendición y, cuando cumple los diciséis, te resignas a que sepa más marcas de ginebra que tú.

Ni un ruido se oía salvo el silbido de los pulgares a punto de desenfundar hasta que de repente se empezaron a escuchar, primero espaciados y luego cada vez más rápidos, como si llegara la diligencia con las postas reventadas, los chirridos del somier de la casa de los estudiantes que viven en el piso de arriba.

No sé cuánto estaríamos allí quietos, uno frente al otro, sin decirnos nada, mientras la cama amenazaba con echar a correr sola y bajar las escaleras. Recuerdo que en un momento dado, Martín cogió la taza del Cola Cao miró para mí y me puso en mi sitio con esa racionalidad que tienen los niños para enseñar las cosas a los mayores. «Vaya pesados que son los vecinos, ya están ensayando para Semana Santa». Y por si fuera poco la remató con un reproche: «Ves, a ellos les dejan saltar en la cama».

Los ruidos los he vuelto a sentir estos días. No encima de mi piso, donde este curso me han tocado unas Erasmus empeñadas en cambiar el Húmedo de sitio, ni siquiera en las calles al atardecer, cuando las bandas de tambores y cornetas desvelan a las palomas, sino en los entornos de las sedes de los partidos políticos.

Ahora que toca elegir candidatos, configurar listas electorales y también decidir quién se apunta en las plazas que dan dinero, como la Diputación, las Cortes de Castilla y León o los ayuntamientos grandes, se multiplican los ruidos del somier.

No hace falta ser tan listo como un niño de Primaria para diferenciar a los penitentes de los que tienen permiso para saltar encima de la cama.

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