Diario de León
Carlos Fidalgo
Ponferrada

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F ósforo blanco y napalm pegajoso. Mil seiscientas toneladas de bombas incendiarias sobre el este de Tokio. Trescientos treinta y cuatro bombarderos de cuatro motores en el aire. Cien mil muertos. Cuarenta y un kilómetros cuadrados arrasados. La cuarta parte de la ciudad.

Los crónicas de la época cuentan que el ataque hizo hervir el agua de los ríos y de los canales. Fundió los cristales de las ventanas. Consumió la madera y el papel prensado de la casas, construidas con materiales ligeros para soportar los terremotos.

La llamaron la Operación Meetinghouse y fue el peor bombardeo de la historia. «Creo que si hubiéramos perdido, yo sería tratado como un criminal de guerra», reconoció el general norteamericano Curtis Le May, que dirigía la incursión, en una frase que retrata la infamia. Y el secretario de Estado de Defensa, Robert S. McNamara, resumió en otra el pensamiento dominante entre los aliados. «Para hacer el bien, a veces tienes que hacer el mal», recuerda que dijo eldiario.es .

Ocurrió en la madrugada del 9 al 10 de marzo de 1945, hace ahora setenta años. Aquel día pereció más gente bajo las bombas convencionales que en Hiroshima o en Nagasaki cinco meses después, destruidas por la nueva bomba H.

En Tokio hay un pequeño museo sobre el bombardeo, tan parecido a la tormenta de fuego que unas semanas antes había devorado el centro de Dresde. El museo muestra objetos calcinados y fotografías de la devastación que dejó la lluvia de fósforo y gel de gasolina —el espeluznante napalm desarrollado en los laboratorios de Harvard que quemaría las selvas de Vietnam en la década de los sesenta— derramada sobre la capital japonesa por las bombas racimo. «Tarjetas de visita de Tokio» las llamaron, con cruel ironía, los norteamericanos.

Conviene recordarlo.

Conviene recordar lo que somos. Cómo hemos construido nuestra civilización. En qué pilares de barro apoyamos nuestra superioridad moral, ahora que nos escandalizan, con creciente horror, las barbaries islamistas, la demencia intolerable, la oscuridad medieval que se abate de nuevo sobre hombres y mujeres inocentes, aquí y en Oriente Medio.

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